—Amigo, yo también vine a hacerme un chequeo, pero mis resultados aún no salen y estoy un poco nervioso —dijo, mostrándole a Gerson su mano temblorosa—. Es para irme preparando, ¿sabes? Pienso que si veo unos cuantos informes antes, cuando me toque a mí ya no estaré tan asustado. Entre hombres nos entendemos.
Intentó darle una palmada en el hombro a Gerson, en un gesto de camaradería, pero este lo esquivó. Al hombre no pareció importarle la vergüenza y se acercó para susurrarle:
—Con estas cosas, las mujeres solo se burlan de uno. Solo un hombre entiende. Somos desconocidos, en cuanto salgamos de aquí, no nos volveremos a ver. Si algo sale mal, al menos puedes desahogarte conmigo.
Lanzó una mirada disimulada a Odalys, recorriéndola de pies a cabeza: la ropa, el bolso, los zapatos... todo de lujo, y modelos exclusivos para clientes VIP. Cuando su vista se posó en el rostro de ella, sus ojos se iluminaron.
Si su esposa tuviera una décima parte del cuerpo y la belleza de ella, no sería un mantenido. Haría lo que fuera por comprarle hasta unos calcetines.
Su teléfono vibró en la palma de su mano. Era su esposa millonaria, llamando para apurarlo. Ansioso, le guiñó un ojo a Gerson, con una intención clara:
—Conozco a un viejo curandero. Sus antepasados, tres generaciones atrás, eran los médicos principales de la corte...
Gerson no se dejó engañar. Habiendo crecido en la familia Borrego, había recibido innumerables lecciones sobre cómo evitar estafas. Cuanto más insistente era el hombre, más sospechoso le parecía. Frunció el ceño y protegió a Odalys poniéndola detrás de él.
—Si no te vas ahora mismo, llamaré a seguridad.
El hombre, al ver su rostro endurecido, se marchó a regañadientes, maldiciendo por lo bajo, pero sin dejar de mirar atrás, como si esperara que Gerson cambiara de opinión.
Este incidente dejó a Gerson aún más deprimido, con un mal presentimiento. Esperó a que el hombre bajara las escaleras y luego llevó el informe al médico.
El médico echó un vistazo al papel, luego levantó la vista hacia Gerson, y mientras se ajustaba las gafas, dijo:
—Esto es necrozoospermia. La tasa de mortalidad de los espermatozoides es del cien por cien...
Gerson sintió un zumbido en la cabeza. No escuchó nada de lo que el médico dijo después.
No fue el único. El hombre que se había escondido afuera para escuchar los resultados tampoco daba crédito. Esperaba que, a lo sumo, tuvieran poca movilidad, pero no que estuvieran todos muertos. Con razón ninguna de sus treinta o cuarenta novias anteriores había quedado embarazada. Si la familia de su esposa se enteraba de esto...
Solo de pensarlo, se le erizaron los pelos. Aprovechando que nadie miraba, se escabulló.
En el consultorio, Odalys sostuvo a Gerson, temiendo que el shock lo convirtiera en una versión masculina de una damisela en apuros.
—Doctor, ¿esto tiene tratamiento?
—Es bastante complicado. Hay que hacer un examen más detallado para determinar la causa y así poder establecer un plan de tratamiento adecuado. Pero nadie puede garantizar hasta qué punto será efectivo...
Al salir del hospital, Gerson seguía sumido en el golpe de la necrozoospermia. Incluso la sonrisa que siempre se le dibujaba al mirar a Odalys había desaparecido.
—Daly, te llevaré primero al trabajo.
Odalys le mostró el reloj en su muñeca.
—Ya es hora de salir. ¿A qué trabajo me vas a llevar?
Él bajó la cabeza, con la voz apagada.
—Lo siento.
No estaba claro si se disculpaba por su distracción o por su condición.
—¡Mi amor, te dije que estaba sano, pero tú no me creías y me hiciste venir a examinarme! ¡Mira estos resultados, qué vitalidad! Te garantizo dos hijos en tres años.
A lo lejos, el hombre que había intentado ver el informe de Gerson salía del hospital, persiguiendo a una mujer baja y robusta, con una actitud aduladora. Sostenía un informe en la mano, presumiendo y jadeando exageradamente.
La clínica de fertilidad estaba casi vacía y su voz era tan fuerte que el viento la llevó hasta ellos.


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