*¡Pum!*
La puerta del baño fue abierta de una patada desde afuera.
Iker se acercó a la bañera en un par de zancadas y sacó a Yolanda del agua de un tirón. Su rostro estaba tan frío que parecía a punto de congelarse. —¡Yolanda, ¿estás loca?! Si quieres matarte, busca otro lugar.
Yolanda jadeaba. Sus pupilas dilatadas tardaron un momento en enfocarse, y lo primero que vieron fue el rostro furioso del hombre. Miró la bañera: la mujer había desaparecido y el agua estaba cristalina.
Soltó las manos que había puesto alrededor de la cintura de Iker y, bajando las pestañas húmedas, dijo con voz ronca: —Me quedé dormida.
Luego, frunció ligeramente el ceño. —¿Qué haces aquí mientras me estoy bañando?
—¡Ja! —La audacia de su pregunta hizo que Iker soltara una risa amarga—. Si no hubiera entrado, mañana estaría comprándote una tumba.
Había tocado la puerta varias veces, pero como Yolanda no respondía, la había derribado a patadas.
—No pensaba en morir.
Y aunque lo hiciera, se aseguraría de arrastrar a esa gente al infierno con ella.
Delante de él, Yolanda se estiró para coger el albornoz del perchero. Iker la había sacado de la bañera de repente, y estaba completamente desnuda. De pie frente a él, no mostró ni la más mínima pizca de vergüenza. Se dio la vuelta y extendió la mano con total naturalidad.
Fue Iker quien, al verla erguirse, desvió la mirada discretamente.
Aunque él y Yolanda ya habían tenido intimidad, siempre había sido con las luces apagadas, viendo apenas una silueta borrosa del otro. Además, la mayoría de las veces había sido en mitad de la noche, cuando él dormía profundamente y ella, con su iniciativa, lo despertaba.
Él no sentía nada por Yolanda, y esa forma de actuar, sin tener en cuenta para nada sus sentimientos, frustraría a cualquier hombre. En esas circunstancias, sus encuentros íntimos eran superficiales, sin preliminares ni caricias apasionadas.
Por eso, el cuerpo de Yolanda le resultaba a la vez familiar y extraño. Apartar la vista fue un gesto instintivo, producto de su caballerosidad innata.
Iker frunció el ceño. —¿No puedes hablar como una persona normal? ¿Siempre tienes que ser tan sarcástica?
Yolanda lo ignoró. Salió de la bañera, se puso las pantuflas y se dirigió hacia la puerta. —¿Para qué me buscabas?
—La pasta está lista.
—... —La frase podía malinterpretarse, y Yolanda, con la cabeza todavía un poco aturdida, no lo captó de inmediato. Soltó sin pensar—: ¿La hiciste tú?
—La hizo Susana. Iba a subir y me pidió que te avisara.
Yolanda asintió y, sin cambiarse, bajó las escaleras envuelta en el albornoz. Iker la siguió. Ella pensó que él iría al estudio, pero a mitad de la escalera, se giró y vio que él también bajaba.
Yolanda se detuvo y enarcó una ceja. —¿Tú también "ibas a bajar"?

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