Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Lo que había empezado como una sospecha de fraude ahora se confirmaba con cada nueva evidencia. Irene sentía un cosquilleo de anticipación en el estómago; pronto el caso de Daniel quedaría resuelto y, con él, el último obstáculo para su divorcio.
Para mantener las apariencias, envió a Romeo los mismos mensajes de siempre, recordándole la visita a la villa Castro y preguntándole si ya había comido. Como de costumbre, su teléfono permaneció en silencio, sin respuesta alguna.
Romeo, al recibir la notificación, abrió la conversación con desgano. Solo entonces notó que su mensaje de la noche anterior —avisando que trabajaría hasta tarde y no llegaría a cenar— mostraba un pequeño signo de exclamación rojo. Falla en el envío. Sus ojos se detuvieron un momento en los nuevos mensajes de Irene, tan rutinarios como siempre, sin mención alguna de la cena perdida.
Una sonrisa amarga curvó sus labios mientras cerraba la aplicación. ¿Para qué molestarse en explicar? Las cosas funcionaban igual sin explicaciones, ¿no?
...
La tarde había caído sobre la villa Castro cuando Irene llegó. El aroma dulce de las flores recién podadas flotaba en el aire mientras ella y Milagros trabajaban en el jardín. No pasó mucho tiempo antes de que Ismael la llamara para su partida habitual de ajedrez.
El anciano la observó por encima del tablero mientras ella sostenía una pieza negra entre sus dedos.
—¿Cómo va el asunto de tu hermano, Irene?
Los ojos de Irene se iluminaron levemente.
—Hablé con Gabriel esta mañana. El caso está avanzando bastante bien, ya pronto debería resolverse. Gracias por preguntar, papá.
Ismael detuvo su mano a medio camino de colocar una pieza blanca.
—¿Gabriel está llevando el caso?
—Así es —respondió Irene automáticamente. Su ceño se frunció al instante, recordando el reproche de Romeo sobre sus "quejas" en la villa—. Romeo anda muy ocupado, pero da igual quién se encargue.
La expresión de Ismael se suavizó.
—Esta noche mandé preparar tu platillo favorito, chiles en nogada. No vayas a dejar nada en el plato.
Una calidez familiar se expandió en el pecho de Irene.



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