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Al Mal Esposo, Darle Prisa romance Capítulo 89

Aunque las palabras de David se perdían en la distancia, su tono cálido y afectuoso, mezclado con los suaves murmullos de Irene, resonaban como una conversación íntima. El contraste era brutal: la misma mujer que le hablaba a él con la frialdad, ahora derramaba dulzura en cada sílaba.

La voz de Irene se transformó en un susurro cargado de rabia al reconocerlo.

—¿Romeo? ¿Qué diablos estás diciendo? ¡Suéltame!

El pánico se apoderó de ella. Jamás hubiera imaginado encontrar a alguien más en esa habitación sumida en penumbras. Cuanto más forcejeaba, más se cerraba la trampa de sus brazos alrededor de ella.

—¿Así que ahora metes hombres a tu casa a estas horas? —el aliento de Romeo rozó su oído con desprecio—. ¿Ya se te olvidó que sigues siendo una mujer casada?

Romeo liberó su cintura solo para aprisionar sus muñecas, girándola bruscamente hasta quedar frente a frente. Irene, atrapada sobre sus piernas, sentía el calor de su cuerpo como una amenaza silenciosa.

—¡David no es un cerdo como tú! ¡Él sí es un hombre decente!

—¿Un cerdo? —la voz de Romeo se volvió cortante como el filo de un cuchillo—. Ahorita te voy a enseñar lo que es ser un cerdo de verdad.

Sus dedos se clavaron en la mandíbula de Irene, obligándola a levantar el rostro mientras estrellaba sus labios contra los de ella en un beso violento.

El corazón de Irene martilleaba contra su pecho mientras intentaba liberarse.

—¿No te da miedo que te escuchen allá afuera?

Romeo se detuvo un instante, su voz destilando sarcasmo.

—¿Qué pasa? ¿El caballeroso de David sí puede entrar a tu casa pero yo tengo que esconderme?

"¿De qué tengo que esconderme?", pensó con amargura. Todo era perfectamente legal.

—¿Quién es el que ha estado jugando al escondite? En dos años de matrimonio, ¿cuándo me has dado mi lugar?

La expresión de Romeo se endureció, descartando su reclamo con indiferencia.

"Si hubiéramos hecho público nuestro matrimonio hace dos años...", el pensamiento lo carcomía. ¿Habría cambiado algo? ¿No habría caído ella bajo la influencia de César, usándolo para amenazarlo con el divorcio?

La luz que se colaba por la rendija iluminaba el rostro de Irene. Sus ojos, enrojecidos pero firmes, lo taladraban.

—Si no querías casarte, ¡entonces dame el pinche divorcio!

"Ella jamás se atrevería a divorciarse."

Antes, esta certeza era absoluta en la mente de Romeo. Ahora, por primera vez, la duda se instaló en su pecho.

—¿Con qué derecho me exiges el divorcio?

Ese "derecho" no solo se refería a la supuesta inferioridad de Irene. Era su indignación ante lo que consideraba una ingratitud: casarse con él debería haberle bastado para sentirse realizada.

Los dedos de Irene se cerraron con más fuerza sobre la tela de su camisa.

—¿Pensaste en tu esposa cuando le organizaste su fiestecita sorpresa a Inés? ¿Te acordaste de que estabas casado mientras te paseabas con ella? ¿Te pareció poco andar de romántico con ella cuando yo casi me mato en ese accidente? Y ahora la dejas vivir aquí... ¿Se te olvida que este es nuestro hogar? Cada ladrillo, cada rincón, lo diseñé yo. Y ella nomás dice que no le gusta y ya puede destruirlo todo, redecorarlo a su antojo. Y todavía tiene el descaro de querer usar tu tarjeta para pagarlo. ¿Eso no es parte de nuestros bienes matrimoniales? Con todo esto, ¿todavía crees que no tengo derecho a exigirte el divorcio?

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