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Al Mal Esposo, Darle Prisa romance Capítulo 90

Sus palabras destilaban una amargura que parecía impregnar el aire mismo. Frente a ella, Romeo permanecía inmutable, como si todo el sufrimiento que le causaba fuera simplemente parte del contrato matrimonial, una cruz que ella debía cargar en silencio.

—Es solo una casa —su voz resonó con desdén—. ¿Ahora tengo que pedirte permiso para todo? Después de tanto teatro, ¿lo que en realidad quieres es tenerme controlado? ¿Que te rinda cuentas de cada paso que doy?

Romeo se negaba a creer en sus reclamos. Para él, todo era una pantalla para encubrir lo que fuera que estuviera pasando con David. "¿Cómo se atreve?", pensó con amargura. "Primero me engaña con otro y luego quiere hacerse la víctima".

Los ojos de Irene temblaron, frustrada por cómo cada una de sus palabras encontraba el camino exacto para lastimarla. Si ya estaban hablando de divorcio, si ya no habría futuro juntos, ¿por qué seguía doliendo tanto? Pero necesitaba dejar las cosas claras de una vez por todas.

—Mira, Romeo —su voz se quebró ligeramente—. Ya sé que no valgo nada para ti. En dos años, no he puesto ni un peso en esta casa, pero todo lo he hecho por amor. Siempre te he puesto primero, jamás te he dicho que no. Eres tú el que necesita una sirvienta que le resuelva la vida, no yo la que necesita que me mantengan. Si decidí ser ama de casa fue por ti, ¡no porque sea lo único que merezco!

Los recuerdos la golpearon como una avalancha. Había soñado mil veces con su vida juntos en esta casa. Se imaginaba tardes perezosas en la sala, compartiendo bebidas mientras la luz del sol los bañaba. Había dispuesto un escritorio doble en el estudio para poder acompañarlo mientras trabajaba, ella leyendo a su lado. Incluso había elegido cuidadosamente un sofá para el pie de la cama, sabiendo que a él le gustaba sentarse ahí por las noches.

"Debí adaptarme a él en todo, ser la esposa perfecta", pensó con amargura. Pero jamás imaginó que todos sus esfuerzos serían en vano. La primera vez que pisaron juntos su hogar matrimonial, en esta misma sala que ella había soñado llena de sorpresas y momentos especiales, terminaron hablando de divorcio.

El clic del interruptor rompió el momento. La luz inundó la sala de cine, obligando a Irene a cerrar los ojos. Cuando los abrió, Inés entraba por la otra puerta.

Con una expresión de sorpresa perfectamente calculada, Inés se acercó.

—Romeo, ¿te... casaste con Llorente? La última vez que la vi en tu oficina, pensé que era una de las muchachas de servicio de tu familia. ¿Por qué no me lo habías dicho?

—No hay nada que contar.

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