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ALFA LORENZO romance Capítulo 2

VICTORIA

Omega reproductora.

Así llamaban a las Omegas que reducían a nada más que herramientas de cría dentro de las manadas.

Era arcaico, humillante, inhumano… Incluso con los problemas de fertilidad, muchas manadas lo habían prohibido.

Pero Luca me estaba condenando a ser violada por sus hombres y obligada a parir cachorros hasta morir en alguna habitación oculta de sus tierras.

—No, no… —seguí negando con la cabeza, atrapada en un bucle. No podía creer que fuera capaz de hacerme algo tan cruel.

¿Dónde estaba el hombre tierno del que me había enamorado?

—¿Cómo pueden permitir que su Alfa tome esa decisión?! ¡Es ilegal! —les grité a los ancianos del Consejo, pero era evidente que ya habían aceptado la sentencia.

—¡No voy a ser el juguete de nadie, maldito bastardo! —le rugí a Luca, llena de odio.

Pero la bofetada que me cruzó la cara me hizo callar, y no caí al suelo solo porque el agarre de hierro de su Beta me sostuvo.

De pronto, el Alfa me sujetó la barbilla con tanta fuerza que pensé que iba a romperme la mandíbula.

Se inclinó sobre mí, y la furia en sus ojos me hizo temblar.

—Creí que había encontrado un tesoro contigo, que tu padre terminaría perdonándote. Dijiste que eras su niñita bonita, y no eras más que peso muerto para los Bianchi —murmuró, escupiendo su resentimiento.

—Prometí cosas e hice tratos apostando por el apoyo de tu padre, ese bastardo arrogante. Te soporté por nada, y ni siquiera sirves como yegua de cría. ¡Dame el maldito rechazo o te lo arrancaré a la fuerza!

Su cabello rubio se erizó con el rugido que me hizo cerrar los ojos con fuerza.

En medio de todo ese dolor, una risa rota, casi demente, se me escapó de la garganta.

—Entonces todas esas promesas y palabras dulces eran porque ansiabas el poder de los Bianchi…

"Este hombre nunca me amó".

—Si ya lo sabes, entonces no sigas resistiéndote —dijo mientras se enderezaba, volvía a su asiento y tomaba la mano de Marcella con una caricia suave.

—Mi compañera destinada ha sufrido suficiente, y ya es hora de que ocupe el lugar que le corresponde —declaró, tocándole el vientre.

Todos lo respaldaron.

Marcella me miró con pura alegría. Burla.

Cuánto se habría divertido con mis lágrimas y mi sufrimiento, esperando la prueba final para hundirme frente al Consejo.

—Yo, Victoria Bianchi… —lo dije de todos modos, aunque mi loba se estaba desgarrando de dolor.

—Acepto tu rechazo, Alfa Luca Miller, y renuncio a mi lugar como Luna… pero me niego rotundamente a ser el depósito de semen de tus guerreros. ¡No voy a ser la Omega reproductora de tu manada!

Grité con rabia, luchando por liberarme de su asqueroso Beta.

Las risas explotaron por toda la sala, incluida la voz grave del hombre a mi espalda, y también la de Luca. Ni siquiera parecía afectado por la ruptura del vínculo.

Su lobo se cerraba para siempre ante mi Omega moribunda.

—Eso no lo decides tú. Ahora no eres nadie, Victoria Bianchi. ¡Sánchez, llévala a las celdas de aislamiento!

Lo ordenó en medio de mi forcejeo, de mis gritos desesperados.

Incluso con la debilidad y las manchas negras bailándome frente a los ojos, pateé, mordí y me retorcí como una loca contra el agarre de su Beta.

Pero él era mucho más fuerte que yo.

Me arrastró fuera de la sala jalándome del cabello, tirándome por el suelo.

Mis gritos de ayuda no le importaron a nadie.

Luca y Marcella se estaban besando delante de todos, reclamándose el uno al otro, y enviándome directo a un destino peor que la muerte.

Por mucho que los odiara, ni siquiera pude defenderme de Sánchez mientras me obligaba a avanzar hacia el estacionamiento.

—¡Deja de luchar, maldita sea! —rugió, y sus palabras vinieron acompañadas de otra bofetada brutal.

Mi cuerpo chocó contra la puerta de su auto como una muñeca de trapo, y sentí que la luz se apagaba a mi alrededor.

Los ojos oscuros de Sánchez fueron lo último que vi antes de desmayarme, y lo primero que encontré cuando volví a despertar.

*****

El movimiento brusco y el sonido del auto se filtraron a través de la niebla de mi mente.

Mi loba, Nova, se había enroscado en su mundo interior, escondida en el dolor, sin responderme.

Una sacudida violenta, seguida del sonido de puertas abriéndose y cerrándose de golpe, me hizo reaccionar.

Estaba acostada sobre una superficie dura. El hedor a cuero, sudor y restos de comida me inundó la nariz.

Una brisa se coló, erizándome la piel.

Estaba en la parte trasera de un auto, y en ese momento unas manos bruscas me tocaban las piernas, subiéndome el vestido.

Abrí los ojos horrorizada y encontré a Sánchez casi encima de mí.

—¿Qué estás haciendo, enfermo de m****a?! —intenté patearlo, pero él me sujetó los pies.

—He esperado mucho tiempo este momento. Vamos a ver si todavía tengo que llamarte “señora” mientras me la chupas —dijo.

Sus palabras sucias, su rostro deformado por la lujuria, casi me hicieron vomitar.

La adrenalina y el miedo me obligaron a reaccionar cuando intentó sacarme del auto.

Mi cuerpo raspó con fuerza contra el asiento de cuero del Ford, y solo logré agarrarme del reposacabezas del conductor.

Todo pasó demasiado rápido. Mi tacón se estrelló contra su rostro y lo escuché rugir maldiciones.

El siguiente tirón fue tan brutal que arranqué el reposacabezas y me quedé con él en las manos.

El brillo de las varillas metálicas destelló frente a mis ojos, e hice lo primero que se me vino a la mente.

Me incorporé y se lo clavé en el ojo cuando él se abalanzó para dominarme.

—¡Aahh!

Su rugido me sacudió los oídos. La sangre caliente me salpicó.

Vi a Sánchez retroceder tambaleándose, cubriéndose el rostro, pintado de rojo.

02. EN LAS GARRAS DEL DESTINO 1

02. EN LAS GARRAS DEL DESTINO 2

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