C6-NUESTRA PRIMERA NOCHE.
Zander se recargó despreocupadamente contra la pared.
—Hermano… ella aceptó el trabajo. También estuvo de acuerdo con lo otro, ¿lo ves? Te dije que...
Gideon apenas giró el rostro y su mirada lo cortó en seco.
—Sal. Ahora.
Zander alzó una ceja.
—¿Qué? Pero...
—No me hagas repetirlo.
Zander soltó el aire con fastidio.
—Qué amargado…
Caminó hacia la puerta, pero antes de cruzarla, se detuvo. Miró a su hermano, luego a Elizabeth, y lo sintió: esa tensión densa, caliente, a punto de estallar. Sin embargo, cerró la puerta con cuidado y el silencio que quedó fue espeso.
Elizabeth tragó saliva, tratando de ignorar cómo sus manos temblaban ligeramente, y mantuvo el rostro firme, aunque por dentro un nudo le apretaba el estómago. Su cuerpo le gritaba que huyera, pero sus piernas no se movían y él... él no dejaba de mirarla.
Porque Gideon la examinaba como si fuera un acertijo maldito, y a pesar de la sorpresa en sus ojos, también había furia contenida.
Dio un paso y luego otro.
Y cuando se detuvo frente a ella, estaba tan cerca que Elizabeth sintió el calor que emanaba de su cuerpo. No la tocó, solo inclinó el rostro e inhaló profundo, como si necesitara comprobar que era real, que era ella.
Su nariz rozó apenas la piel de su cuello y ella se tensó, conteniendo el aliento. Pero luego, Gideon se alejó un paso; sus ojos eran hielo y su voz llena de burla.
—¿Tú? ¿La muchacha que juraba no ser una prostituta? ¿La que se defendía con uñas y dientes cuando un tabernero la acusó de robo? ¿Y ahora qué haces aquí, Elizabeth?
Ella bajó la mirada; le ardían las mejillas, de la vergüenza y la rabia. Porque esas palabras dolían y porque, por alguna razón, no quería que él pensara eso de ella. Desde aquella noche, no lo había olvidado y, aunque se lo repitió mil veces, aunque se negara a admitirlo, desde que él la había salvado, su imagen se había colado en sus sueños, en sus pensamientos, en sus silencios.
Había jurado que no debía fantasear con un desconocido, pero ahí estaba. Otra vez frente a él y como una absurda broma del destino.
Aun así, respiró hondo y se obligó a sostenerle la mirada.
—Esa pregunta no está en el contrato.
Gideon se tensó, tanto que su mandíbula se marcó con violencia, pero retrocedió un paso, aunque no era para alejarse. Era para no hacer algo de lo que probablemente se arrepintiera. Porque verla ahí, con ese aire de firmeza fingida, con ese cuerpo que estaba seguro fue hecho para el placer, le revolvía las entrañas.
La había buscado.
Días, semanas. Creyó que era solo una pobre chica perdida, una excepción en medio de tanta miseria. Pero ahora... ahora resultaba que no. Que no solo estaba allí por voluntad propia, sino que también había aceptado el maldito acuerdo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: AMANTE CONTRATADA DEL ALFA: ¡HUYÓ CON SUS CACHORROS!