C7- ABRE LAS PIERNAS.
Elizabeth se detuvo frente a la puerta; sus manos estaban frías, y tragó saliva antes de levantar el puño para golpear. La bata que llevaba era suave, demasiado delgada, casi transparente. Zander la había enviado con una vieja ama de llaves, y aunque Elizabeth había dudado al ponérsela, no tenía otra opción. Había esperado a que Melinda se durmiera; no quería que le preguntara adónde iba.
¿Qué habría respondido, de todos modos?
Mientras imaginaba lo que ocurriría dentro de ese cuarto, la puerta se abrió antes de que su puño llegara a la madera.
Gideon estaba allí, vestido solo con una bata negra abierta en el pecho. La tela caía a los lados, revelando músculos marcados, piel bronceada y ese aura de peligro que siempre lo rodeaba. Ella no pudo evitar mirar, y que un calor repentino se extendiera desde su centro hasta sus mejillas.
—¿Vas a quedarte ahí? Pasa —ordenó Gideon, con una voz que no sonó mucho más firme que la de ella. Sus ojos ya habían bajado al escote de su bata, donde la fina tela apenas ocultaba el inicio de sus senos.
Elizabeth entró, sobresaltándose cuando la puerta se cerró tras ella con un golpe seco. Pero no se giró, estaba congelada en ese lugar, el corazón latiéndole tan fuerte que casi le dolía.
Detrás de ella, Gideon respiró hondo. El olor de Elizabeth—jazmín, con una mezcla de miedo, dulzura y nervios—lo enloquecía. Su lobo rugió dentro de él, exigiendo, reclamando, pero cerró los puños, obligándose a mantener el control, porque quizá ese miedo, ese temor, era igual que los otros: su cicatriz.
—¿Te repugno? —preguntó de pronto.
Elizabeth parpadeó, confundida.
—¿Qué? —susurró, girándose por fin para mirarlo.
Gideon sonrió, pero no había calidez en esa expresión, y con un gesto frío, se señaló la cicatriz que le cruzaba el rostro.
—Esto. ¿Te causa repugnancia?
Ella abrió los labios, pero no salió ninguna palabra.
¿Repugnancia? No, nunca. Él era intimidante, sí, pero no desagradable. Al contrario, había algo de fuerza en esa cicatriz que lo hacía incluso más atractivo.
—No —susurró—. No me repugnas. Me pareces... atractivo.
Él se quedó en silencio. Solo su respiración cambió, a más pesada, como si esa confesión hubiera encendido algo que prefería no mostrar. Dio un paso hacia ella y la miró con una mezcla de rabia y deseo. Pero entonces, como si un muro cayera entre ellos, la expresión de Gideon se volvió de piedra y retrocedió.
—Quita esa mirada.

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