Observé su reacción mientras sus pezones se endurecían contra las yemas de mis dedos y él cerraba los ojos de placer. Respiraba con más fuerza y eso me excitaba. Pasé la punta de mi lengua húmeda por su pezón erecto antes de llevármelo a la boca y chuparlo, provocando que de los labios de Ricardo se escaparan eróticos gemidos.
—¿Y si digo que no? —pregunté, incapaz de detener el impulso de burlarme de él. Poco a poco, pasé mis manos por sus hermosos músculos abdominales, sintiendo que se tensaban al tocarlos.
—Creo que conozco un par de maneras de hacer que digas que sí —respondió él con confianza en su voz antes de que sus manos agarraran mis muslos, los levantaran y los separaran.
—No...R... Mmhhh.. .Ahhh— protesté y gemí suavemente cuando enterró su cara entre mis piernas. A pesar de mi protesta, mis dedos se enroscaron por instinto en su pelo rojo mientras le urgía a acercarse al calor que había entre mis piernas.
Grité su nombre en éxtasis cuando sentí la punta caliente de su lengua rastrear la entrada de mi coño. Su lengua lamió mi abertura de arriba a abajo, recorriendo todo el camino desde atrás hacia arriba, donde su lengua rozó mi clítoris hinchado, y luego volvió a bajar. Mis caderas subían y bajaban salvajemente mientras empujaba mi coño con descaro hacia su cara.
—Tus jugos salen sin parar, Sabrina. El olor me excita demasiado... —Ricardo susurró pícaro con su cara aún enterrada entre mis piernas.
Sentí su aliento caliente en mis sensibles partes femeninas antes de sentir algo punzante introduciéndose en mi caliente raja. Grité fuerte ante la sensación y me di cuenta de que Ricardo había metido su lengua caliente en mi coño y la estaba moviendo dentro.
—¡No! ¡No... es demasiado, R! —Grité avergonzada mientras su lengua giraba dentro mío.
Me saboreó mientras sus grandes manos sujetaban mis caderas para que no pudiera escapar de su apasionado ataque. Grité con fuerza mientras su lengua desordenaba mis entrañas. Sentía la textura de su lengua contra las paredes de mi coño, y me estaba llevando al límite. «Si no para... me voy a correr».
—¿En serio puedes decir que no cuando ya estás así de mojada? Estás a punto de mojar las sábanas... —dijo Ricardo después de sacar su lengua de mi cuerpo.
Con una pequeña risa, frotó sus dedos en mi empapada abertura. Mi coño se estremeció ante su contacto y gemí descontrolada. Mi coño se contrajo, mi cuerpo recordó el placer que sus gruesos y largos dedos podían provocar.
—R... —Susurré su nombre sin aliento. «Supongo que no es el único que ansía el placer en este momento».
«He tenido sexo salvaje y duro con Ricardo muchas veces antes, pero hoy parece más hambriento y codicioso que de costumbre». Tampoco era la primera vez que Ricardo se me echaba encima para tener sexo. Sin embargo, fue un buen cambio estar en el extremo receptor de su seducción. Sus movimientos eran atrevidos y contundentes mientras se dejaba llevar por su instinto animal. Sentí tanta lujuria y amor en su forma de hacer el amor que hizo que mi cuerpo se estremeciera de placer y excitación. No pensé que eso fuera algo malo, por supuesto.
Nuestros gemidos apasionados llenaron el dormitorio y el sonido de su carne golpeando contra la mía sonó igual de fuerte. Su gigantesca polla bombeando dentro y fuera de mí agitó mi humedad haciendo que los sonidos húmedos y lascivos llenaran la habitación, convirtiendo la silenciosa noche en una ruidosa.
—Señorita Sabrina... el desayuno está listo. ¿Le ayudo a prepararse? —Laura asomó la cabeza. Debió llamar a la puerta, pero yo estaba demasiado absorta en mis pensamientos como para oírla.
—...Sí. Gracias —respondí. Me pregunté dónde estaría Ricardo, pero no pregunté.
Tal vez me estaba volviendo loca, o era demasiado valiente en ese momento, pero había encontrado la manera de mantener una parte de Ricardo conmigo para siempre. En aquel momento, no me di cuenta de que ganar una cosa significaría que tendría que perder otra.

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