Me quedé mirando el número en la pantalla de mi móvil con pánico y mis manos empezaron a temblar descontroladas. El número no estaba guardado, pero lo reconocí muy bien. Era de un teléfono móvil que sólo se utilizaba en caso de una emergencia específica. La criada que lo tenía era la más veterana de la mansión de Ezequiel y sólo lo utilizaba para llamarme cuando Ezequiel tenía uno de sus episodios.
«Si este número me está llamando entonces, Ezequiel se ha convertido en el Oscuro Ezequiel y no es capaz de volver. Mierda».
Creo que la razón principal por la que Madame Francisca decidió evacuar de una vez su mansión y entregársela a Ezequiel fue porque no podía ni quería manejar al Oscuro Ezequiel. Esa personalidad que, irónicamente, se había desarrollado cuando Ezequiel se puso en contra de su madre para protegerme de más abusos era aterradora para Madame Francisca y también para la mayoría de la gente.
El Oscuro Ezequiel era aterrador para todos, excepto para mí, supongo. Todo el personal de la casa de estaba aterrorizado por él y eso se reflejaba en su miedo diario al Ezequiel normal también.
Mi cuerpo se estremeció mientras entraba en pánico. «Este es un mal momento. Tengo que ir a ver a Ezequiel de inmediato antes de que las cosas se descontrolen aún más. El personal debe estar muy asustado ahora mismo porque no entienden cómo funciona. Si entiendes cómo funciona Ezequiel y el Oscuro Ezequiel, en realidad no es tan difícil revertirlo. Aunque puede requerir una rara habilidad que yo poseo».
Sin embargo, ahora mismo estaba de compras con Eduardo. Lo miré de reojo, que charlando tan tranquilo sobre las muchas cosas que quería comprarme. «Tengo que ir a ver a Ezequiel de inmediato, pero ¿qué le digo a Eduardo?»
—Mmm...Eduardo. Surgió algo... así que, tengo que irme... —dije vacilante.
—¿Eh? Pero si acabamos de llegar —dijo con una mezcla de confusión y decepción.
—Lo siento... lo siento mucho, pero tengo que irme... —Me disculpé profusamente.
—Bueno, no se puede evitar. ¿Dónde tienes que ir? Yo te llevaré —se ofreció Eduardo.
«¿Qué le digo? Si miento, Eduardo lo descubrirá. Sin embargo, tampoco puedo decirle la verdad...»
Mi teléfono empezó a vibrar de nuevo en mi mano, señal de que había recibido otra llamada. No necesité mirar para saber quién era.
—¿No vas a atender? —preguntó él mientras miraba el teléfono que vibraba en mi mano.
—Yo... no, es un número desconocido así que... —respondí con dudas.
—¿Estás segura? No es un acosador de nuevo, ¿verdad? —preguntó Eduardo con preocupación.
—No, no es así. No tienes que preocuparte —negué con firmeza.
—Te ves un poco pálida. ¿Te sientes bien? —preguntó Eduardo mientras se inclinaba más cerca para mirar mi cara.
«Tengo que volver a casa. Entonces puedo ir a ver a Ezequiel a la suya. No tengo otra opción. Lo siento, Eduardo». Después de disculparme internamente con Eduardo, decidí que no tenía otra opción que mentirle.
—En realidad, me siento un poco mareada y cansada. Lo siento pero... tal vez sea mejor que me lleves a casa... —dije con voz débil.
Me sentí culpable ante la expresión de preocupación de Eduardo. Sus brazos rodearon mi cintura para soportar mi peso mientras su otra mano sujetaba la mía con fuerza.
—¿Puedes caminar? ¿Debo cargarte? —preguntó con una voz tierna que me hizo querer derretirme.
—Debería llevarte a la cama. Parece que apenas puedes mantenerte en pie —dijo preocupado.
—Está bien... estoy... —Comencé a hablar mientras mi cerebro se esforzaba en exceso por idear una excusa válida que consiguiera que Eduardo se marchara lo antes posible.
Sin embargo, un grito estridente de mi nombre cambió la necesidad de todo eso...
—¡Señorita Sabrina! —La vieja criada siguió gritando mientras salía corriendo.
Eduardo y yo nos giramos sorprendidos al oír mi nombre, estaba claramente aterrada. Al darme la vuelta, mi peor temor se confirmó cuando vi a la vieja criada allí de pie. Al tacho la discreción...
—Señorita Sabrina. ¿Por qué no respondió a mis llamadas? ¡Es el joven Ezequiel! ¡Debe venir rápidamente! —continuó lamentándose.
Sentí que mi pecho se apretaba al ver que las lágrimas nadaban en sus ojos. Estaba claro que la anciana estaba al límite de sus fuerzas. Lo que sea que haya estado enfrentando ya había sido demasiado para ella... y todo era mi culpa.
—¿Quién eres tú? ¿Cómo te atreves a gritarle así a tu jefa? —dijo Eduardo mientras un profundo ceño se formaba en su apuesto rostro. Su expresión, normalmente juguetona, era ahora amenazante.
—Está bien, Eduardo. Debe de estar asustada... eso es todo —le aseguré mientras tiraba de su brazo.
—¿Qué le pasa a Ezequiel? —preguntó Eduardo, yendo directo al grano.

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