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Calor Prohibido romance Capítulo 199

—El señorito Ezequiel... él... —dudó la anciana en responder al darse cuenta por fin de que el estado de Ezequiel era un secreto.

Ese secreto tan bien guardado por la madre había sido ocultado con éxito durante años incluso a sus hermanos, Luciano y Eduardo. Sin embargo, no estaba segura de cuánto tiempo podríamos mantenerlo oculto ahora que Eduardo había percibido que algo andaba mal.

—Me da igual lo que le pase. Si está enfermo, llama al médico o llévalo al hospital. Sabrina no se encuentra bien, así que me la llevo a la cama —dijo Eduardo con fastidio mientras despedía a la criada como si fuera una sucia mosca.

—Señorita Sabrina... —la criada me llamó por mi nombre en voz baja, conmocionada por ese hecho sin precedentes.

—Eduardo, creo que debería ir a ver a Ezequiel. Me siento bastante bien ahora así que no hay necesidad de que... —dije con la mayor calma posible.

—Entonces yo también iré. Está bien, ¿verdad? —sugirió él mientras me mostraba una sonrisa inocente. Odié esa sonrisa. Definitivamente sabía que algo estaba pasando.

—...Sí. Está bien. Por favor, sígame —dijo la vieja criada con una voz tensa que me sorprendió.

«Qué mal debe estar la situación para que la vieja criada sacrifique exponer este secreto a Eduardo sólo para que yo llegue más rápido a la escena».

—Bueno... —fue todo lo que pude decir en un susurro.

La visión de una decena de criadas acurrucadas en silencio y con miedo frente a la mansión fue suficiente para hacerme una idea general de lo mal que estaban las cosas esa vez. Todas las sirvientas estaban alteradas, asustadas y todas llorisqueaban mientras hacían lo posible por abrazarse y consolarse unas a otras.

Las miré en silencio mientras pasaba junto a ellas por la entrada de la mansión. La casa estaba en absoluto silencio mientras seguía a la vieja criada hasta el lugar que sabía que sería el dormitorio de Ezequiel. Eduardo me siguió de cerca mientras apretaba mi mano con firmeza. Estaba claro que esta no era una visita ordinaria para ver a un enfermo.

—Por aquí, por favor... —susurró la vieja criada mientras seguía guiándonos por el pasillo poco iluminado.

—¿Puede decirme cómo está... esta vez? —le pregunté a la sirvienta de forma vacilante mientras miraba a Eduardo para juzgar su reacción.

—Debería verlo usted misma, señorita —respondió la criada con rotundidad. Su voz, ahora vacía de cualquier emoción.

Si todas las sirvientas estaban llorando afuera de esa manera, debían haber presenciado algún tipo de violencia o algo que no pudieron manejar física y mentalmente. El hecho de que los mayordomos y los guardaespaldas no estuvieran fuera significaba que su fuerza física era necesaria para enfrentarse a él...

No tenía un buen presentimiento sobre ello en absoluto.

—Creo que debería entrar sola —dije con firmeza mientras me ponía de espaldas a Eduardo y a la vieja criada cuando llegamos a la puerta del dormitorio de Ezequiel.

—¿De qué estás hablando? Voy a entrar —argumentó Eduardo.

—Por favor, espera fuera. No tardaré mucho —dije desesperada.

—¿Por qué no puedo verlo? —preguntó él.

—¿Estás... herida? —preguntó Ezequiel con auténtica preocupación.

Ya había visto ese bucle antes, así que, por suerte, sabía exactamente lo que tenía que hacer para revertirlo. Los ojos de Ezequiel se centraron en mi cara antes de barrer mi cuerpo de arriba a abajo como si estuviera escaneando en busca de cualquier lesión física. Estaba claro que no tenía en cuenta a las demás personas de la sala.

—Todos, salgan ahora —ordené.

Todos los miembros del personal se plegaron de inmediato, aliviados de poder marcharse. Eduardo, sin embargo, permaneció de pie donde estaba con sus ojos observando cada uno de mis movimientos.

«Bueno, supongo que puede... mirar...»

—No estoy herida. No hay ni un solo rasguño en mi cuerpo... ¿quieres ver? —le dije a Ezequiel en voz baja y tranquilizadora.

Él se limitó a asentir con los ojos aún clavados en mí.

Me giré para mostrarle a Eduardo una pequeña sonrisa en señal de que estaba bien. Lo último que necesitaba era que él montara una escena y lo distrajera. En lo que respectaba a Ezequiel, Eduardo no existía en esa habitación y eso era lo mejor.

Volviéndome hacia Ezequiel, le sonreí con cariño y luego empecé a desnudarme. Oí la aguda respiración de Eduardo y supe que no le gustaba lo que estaba pasando. Sin embargo, tal y como había acordado, no hizo ningún movimiento.

Cuando estuve desnuda por completo, me acerqué lentamente a Ezequiel. Sus ojos se abrieron de par en par a medida que me acercaba y en poco tiempo me devolvió la sonrisa. «Esto es arriesgado, pero no tengo otra opción». Poco a poco, empecé a aflojar las ataduras de sus brazos hasta que ambos quedaron libres.

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