Clarisa salió corriendo y, al empujar la puerta, se quedó de estática por un momento. ¡Era Zaira quien estaba afuera!
Zaira, preocupada, le dijo: "Hermana, ¿por qué lloras? ¿Te regañó Sefi? Yo te ayudo a hablar con él, tranquila".
Sin haber sido hermanas ni un solo día, ella siempre la llamaba con falsa ternura ‘hermana’. La vergüenza de Clarisa aumentó al ser descubierta en su momento de debilidad por su peor enemiga.
Los pasos firmes y serenos de un hombre se acercaban. A diferencia de ella, él se mostraba tranquilo y distinguido, sin parecer afectado en lo más mínimo.
"Te iba a visitar al hospital en un rato, ¿cómo así que viniste tú?", el tono con el que él hablaba con Zaira no tenía nada que ver con la frialdad que le mostró a ella momentos antes.
Zaira sonrió suavemente: "Ya me dieron de alta. Vine para avisarte y que no te tomaras la molestia de ir hasta allí".
Clarisa no quería seguir viéndolos en pleno derroche de amor, y justo cuando iba a marcharse, Serafín la agarró del brazo: "Prepara un jugo de sandía".
A Zaira le encantaba el jugo de sandía, pero ella lo detestaba profundamente. De niña, había presenciado cómo Yago y Basilia se peleaban a golpes, salpicando el jugo de la sandía que acababan de cortar, sin poder distinguir cuál de los dos era más rojo.
¡Y Serafín lo sabía muy bien! Además, estaba pidiéndole a su esposa que le sirviera a su amante. El corazón de Clarisa se desgarraba, sintió que él tenía un tornillo suelto.
"¿Acaso el señor Cisneros no tiene manos?", ella se soltó con fuerza y salió con ímpetu, dejando atrás la voz ansiosa de Zaira.
"Sefi, hermana es delicada y no soporta las ofensas, mejor ve y consuélala".
"No te preocupes por ella".
Al salir del edificio, Clarisa se abrazó a sí misma y se agachó lentamente en la acera. Con la vista borrosa, se repetía a sí misma: "No importa, Clarisa, demuestra lo que vales, que todo el mundo lo vea".
Su teléfono sonó y, secándose las lágrimas, contestó: "De acuerdo, voy para allá".
Lo que Serafín no sabía era que, desde que tenía catorce años, ella no había usado ni un centavo de la familia Cisneros; siempre había buscado la manera de ganarse la vida por ella misma. En ese momento, con el divorcio, sus estudios en el extranjero y los gastos médicos de su hermano en el hospital, ella necesitaba ahorrar más que nunca. Ya no tendría que trabajar en Estrellas, así que tendría todo el día libre para organizarse.
Sin tiempo para la tristeza, corrió hacia la parada del bus.
En la oficina del último piso.

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