Clarisa acababa de terminar su turno en la academia de danza donde enseñaba desde hacía un año, había sido llamada de emergencia por el gerente para cubrir una clase de danza moderna para niños, aunque usualmente daba clases a adultos en las noches y fines de semana. Gracias a su sólida técnica y su paciencia angelical, los niños la adoraban y la clase fue un éxito rotundo.
Al salir del vestuario, el gerente le entregó una bonificación: "Clarisa, qué suerte que estuviste disponible hoy, ¿te gustaría unirte permanentemente al grupo de niños? Te aumentaremos cien pesos la hora".
Los ojos de Clarisa se iluminaron: "Claro, últimamente tengo las mañanas libres".
Después de dejar la academia, ella tomó un taxi al hospital. La noche anterior había escuchado algo que la había preocupado mucho y, aunque se había ido con el corazón agitado, no dejaba de pensar en Ciro.
Cuando llegó a la habitación del pequeño, lo encontró peleando con su comida mientras una empleada intentaba alimentarlo. Ciro era conocido por ser el consentido de la familia Cisneros y la empleada no podía con él. Al ver a Clarisa, la empleada se relajó y salió rápidamente de la habitación.
"¡Clarisa desalmada! ¿Por qué tardaste tanto en venir a verme?".
Clarisa se acercó: "Aquí estoy, ahora come, pequeño".
"¿Cómo es que no viniste con mi hermano? ¿Te está haciendo la vida difícil otra vez? Eres tan bonita, Clarisa, deberías dejarlo y encontrar a alguien que te valore de verdad. O si no, espera a que yo crezca y me caso contigo".
Clarisa no pudo evitar reír. El niño apenas sabía lo que era el amor y ya hablaba de cuidar y valorar a alguien. Ella asintió, siguiéndole la corriente: "Sí, estoy pensando justo en eso".
Pero en un segundo, el pequeño sacó su celular de debajo de las sábanas y le habló a alguien al otro lado de la línea: "¡Hermano, escuchaste! Clarisa ya no te quiere".
Clarisa se quedó sin palabras; Ciro colgó el teléfono y se rio a carcajadas: "Clarisa, si estás molesta tienes que decírselo a mi hermano para que venga a consentirte".
"Ah sí, como si tú supieras de estas cosas, pequeñito", le dijo Clarisa dándole una palmadita en la cabeza.
¿Serafín? ¿Consentirla? Era imposible.
"¡Discriminación por edad! Los de primaria también sabemos de noviazgo".
"Eso se llama amor de infancia y no es bueno, ¡tú no tienes permiso todavía!".
"No me gustan las mocosas de la escuela".
"Hablas como si no fueras un niño".
"No soy un...", Ciro no terminó la frase porque se le escapó un pedo tan grande y sonoro que ambos no pudieron evitar reír. Clarisa solo negó con la cabeza.


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