Germán no se esperaba que esas palabras que dijo a la ligera se volvieran en su contra.
El problema era que se había equivocado por completo.
Porque mírenla nada más, no solo lo había conseguido, sino que ahora estaban hasta tomados de la mano.
—Mírate a ti, y luego mira a Agustín. La verdad es que sí te quedas bastante corto.
—Germán, de ahora en adelante, deja de andar diciendo por ahí que me gustas.
—¡Prefiero enamorarme de un perro antes que de ti!
La cara de Germán se puso roja de la furia.
Él se negaba a creer que no le gustaba a Macarena; cuando ambas familias hablaron del compromiso, ella misma estuvo de acuerdo.
Si no le interesaba, ¿por qué había aceptado comprometerse con él?
Lo que pasaba era que como él no correspondía a sus sentimientos, la chiquilla solo trataba de salvar su orgullo haciéndose la difícil.
—¡No voy a perder mi tiempo contigo! —espetó Germán.
Sentía que, por respeto a la relación entre ambas familias, era mejor ser tolerante y evitar una pelea absurda con ella.
Lo que Germán ignoraba era que en el instante en que exigió cancelar el compromiso y proclamó a los cuatro vientos su amor por Gina, cualquier vínculo con la familia González se había ido al diablo.
Hoy en día, ambas familias solo mantenían la apariencia por pura formalidad, pero a puerta cerrada, la cordialidad de antaño ya no existía.
La familia Pérez estaba realmente furiosa por todo este asunto.
El plan original era que, al formar una alianza matrimonial, los recursos de los González favorecerían a los Pérez.
Ahora Germán lo había arruinado todo: no solo se quedaron sin la boda, sino que además parecía que habían ganado a un enemigo.
El tío y el papá de Macarena no soportaban al hijastro de la esposa de su abuelo. Para ellos, Gina, siendo la hija de ese hombre, no significaba nada, mucho menos la consideraban su sobrina.
Que Gina se atreviera a disputarle un hombre a la verdadera heredera de los González era como jugar con fuego.
Y aunque los hermanos González no armaron un escándalo en público, no perdieron oportunidad para ponerle el pie a los parientes políticos de su padre en varias ocasiones.
De hecho, el padre de Gina no había logrado ni un solo ascenso; hasta la fecha, sus conexiones laborales estaban completamente estancadas.
Seguía en un puesto mediocre, recibiendo un sueldo miserable que a duras penas le alcanzaba para vivir.
Seguramente él también estaba lleno de resentimiento.

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