Aquello que alguna vez anheló con tanta fuerza, era justo esta escena: estar con él ante todos, no como dos desconocidos, sino como una pareja de verdad, tan cercana que ni el tiempo ni las miradas ajenas pudieran separarlos.
Y sin embargo, todas esas cosas que alguna vez soñó, se le fueron cumpliendo en poco más de un mes.
Justo ahora que ya estaba a punto de rendirse…
Todo terminó haciéndose realidad.
¿Acaso era lástima por sus seis años de esfuerzo, o sería por lo de Matías Flores, que él empezó a sentirse culpable? ¿O tal vez, por fin aceptó que debía tratarla mejor?
Celina Flores sintió un nudo en la garganta, una punzada amarga subió por su nariz, pero se obligó a tragarse cualquier mal sentimiento que amenazaba con salir.
—Señor Arce, ¡su novia se ve increíble con este vestido! Parece de revista, como una estrella de cine, ¡qué guapa! —aventó la empleada, sin contenerse.
—Ella no es mi novia…
—Solo soy la asistente del señor Arce.
—¿Eh? —Lea no pudo evitar parpadear, confundida.
Ambos hablaron al mismo tiempo y, al cruzar sus miradas, Celina fue la primera en apartar los ojos, tan distante como siempre.
—Gracias por acompañarme a elegir la ropa, señor Arce. El costo del vestido puede descontarlo de mi sueldo, yo voy a cambiarme —soltó, marcando la distancia.
Sin esperar respuesta de Emilio Arce, se dio la vuelta y entró en el probador.
Justo cuando cerraba la cortina, esta se movió de pronto y, antes de darse cuenta, Emilio entró tras ella, tomándola completamente desprevenida.
Celina abrió los ojos, sorprendida, y bajó la voz:
—Emilio, ¿qué haces tú…?
Él la acorraló entre sus brazos, apoyando los labios cerca de su oído. Su voz profunda la envolvió en ese espacio tan pequeño.
—¿O prefieres que todos afuera escuchen lo que digamos? —le susurró.
Celina sintió un ligero temblor en los hombros, pero no dijo nada.
—Ese vestido te queda perfecto —agregó Emilio, apretándola aún más, como si ese rincón fuera su único mundo, y el calor de ambos se mezclara hasta volverse peligroso.
Era raro verlo perder el control. Emilio siempre se mostraba dueño de sí, salvo aquella noche en la que lo drogaron y desató su lado más salvaje. Fuera de eso, nunca se dejaba llevar.
Celina notó que la distancia entre ellos era mínima, tanto que sus cuerpos se rozaban, y si giraba la cabeza, podía sentir la respiración de Emilio mezclándose con la suya.
Justo cuando los labios de él estaban a punto de rozarla, el timbre de un celular rompió el hechizo, desvaneciendo la tensión.
Celina, por dentro, se sintió aliviada, como si por fin pudiera respirar.
Emilio sacó su teléfono y contestó, con voz seria:
—¿Bueno?
—Emilio, tu papá ya regresó, ¿cuándo llegan? —se oyó la voz de Alejandra Arce.
Emilio enderezó la espalda.
La familia platicó un rato en la sala, hasta que llegó la hora de la cena.
El ambiente se sentía ligero, casi festivo.
Jorge y su esposa le ofrecieron un trago a Lisandro, dejando claro que, después de la abuela, él era la figura central en la familia.
Celina solo se servía lo que tenía delante, probando pequeños bocados de arroz y algún guiso, sin meterse en la conversación.
De vez en cuando, levantaba la mirada hacia Emilio y su papá.
A decir verdad, en los seis años que llevaba casada con Emilio, solo había visto a su suegro cuatro veces.
La primera, el día de la boda.
La segunda y tercera, en las reuniones de Año Nuevo de los últimos años.
La cuarta, justo hoy.
No podía evitar pensar que, además de parecerse físicamente, padre e hijo también compartían esa seriedad que los hacía casi intimidantes.
Pero, ¿sería solo su imaginación, o entre su suegro y su suegra también se notaba cierta distancia?
De pronto, Begoña Ibarra soltó con voz fuerte:
—Emilio, ya tienes una edad y llevas años casado con Celina. ¿Por qué será que ese vientre no da señales de vida, eh?

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