Celina se movió como si fuera una marioneta, sentándose sobre las piernas de Emilio, y sin el menor pudor comenzó a quitarle la ropa. Cuando llegó al último botón, su mano se detuvo sobre el cinturón. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, y el frío calaba tanto que parecía atravesarle la piel, haciéndola temblar.
Emilio no se movió ni un centímetro, recargado contra el respaldo del sofá.
—¿Por qué te detuviste?
Celina inhaló hondo. Al fin y al cabo, peor sería que la hubiera mordido un perro.
Tocó el broche metálico del cinturón, pero antes de desabrocharlo, Emilio le sujetó la muñeca. Sin darle tiempo a reaccionar, la jaló hacia él y, cuando Celina intentó abrir la boca para protestar, él la tomó a la fuerza, besándola con rudeza, abriéndose paso entre sus labios.
—Mmm...
A medida que él avanzaba, Celina se dio cuenta de que no podía cruzar esa barrera psicológica. Empezó a resistirse. Emilio le sostuvo ambas manos, la inmovilizó debajo de su cuerpo y la apretó aún más.
Desesperada, Celina lo mordió con todas sus fuerzas. Solo se detuvo cuando sintió el sabor metálico de la sangre. Emilio la soltó de inmediato, su expresión se endureció, perdiendo por completo cualquier emoción.
Celina se quedó helada. La regué...
—Yo... yo no estoy lista para esto.
Él le sujetó la cara con fuerza, obligándola a mirarlo de cerca.
—¿Tan difícil es, como antes?
¿Difícil? ¿Cómo no iba a serlo? En aquel tiempo, era ingenua, la verdad es que era una tonta que no veía sus propias limitaciones. Sabía perfectamente que él no la quería, pero aun así, soñaba con conquistar su corazón. Al final, solo hizo el ridículo.
La que debió sentirse humillada era ella, y no él.
Toda esa mezcla de sentimientos la desbordó. La cara luminosa y hermosa de Celina, bañada en lágrimas, se cubrió de gotas que rodaron hasta los dedos de Emilio.
Él se quedó rígido, como si el contacto lo hubiera quemado.
Celina alzó la mirada y, sin pensarlo, preguntó:
—¿Tú me quieres?
Él frunció el entrecejo, como si esa pregunta no tuviera importancia.
—El lugar de señora Arce puede ser tuyo, mientras seas obediente.
Evadió la pregunta, tal como lo esperaba.
Celina sonrió con resignación. Claro, podía darle el título de señora Arce, pero jamás le daría su amor.
—¿Si hago lo que tú digas, dejarás de amenazarme con Matías?
—¿Tú qué crees?
Ya tenía la respuesta que necesitaba. No se haría más ilusiones. Que le diera asco un rato, al menos sería una manera de pagarle a la familia Flores por haberla criado.
Celina volvió a intentar quitarle la ropa. Emilio apartó su mano, hablando en un tono tajante.
—Vete.
La estaba echando.
Celina titubeó un segundo, pero entendió el mensaje. Se levantó, caminó hasta la puerta y, antes de salir, se giró.

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