—¿Y qué si digo que quieres buscarte un millonario? —Luna gritó altanera, sin el menor recato—. La señorita Rojas tiene razón, siempre hay mujeres como tú, sin vergüenza, que se arriman donde pueden sacar ventaja…
No terminó de hablar cuando Celina, de un solo movimiento, le soltó una bofetada directa y certera.
El golpe resonó en el aire y todos los presentes voltearon a mirar, atraídos por el escándalo.
Luna se quedó pasmada, pero en cuanto reaccionó, la rabia la hizo temblar, lista para devolver el golpe.
Celina le sujetó la mano y, sin titubear, le propinó otra bofetada, esta vez tan fuerte que Luna se fue de lado.
—¡¿Te atreves a pegarme?! —Luna, con la cara encendida y una mano en la mejilla, gritó desesperada—. ¡Seguridad! ¡Llamen a seguridad ya!
En cuestión de segundos, los de seguridad de la empresa llegaron apresurados.
Luna los señaló con el dedo, furiosa:
—¡Ella vino a armar problemas a la empresa y me agredió! ¿Qué esperan? ¡Llévensela a la comisaría ya!
—Todos aquí vieron que tú empezaste insultándome sin razón. Solo reaccioné —Celina ya tenía el semblante serio—. Vine a ver al señor Arce por un asunto, pero solo porque soy mujer te inventaste un chisme asqueroso sobre mí. Siendo mujer, ¿no te da pena rebajarte así para insultar a otras mujeres?
—¿O es que esa es la actitud del Grupo Arce? ¿Que hasta una simple clienta se tiene que aguantar tus ofensas solo por entrar?
Al decir esto, varias mujeres que miraban la escena empezaron a ver a Luna de otra manera, con desagrado y sorpresa dibujados en sus caras.
—¿Qué le pasa? —susurró una—. ¿Acaso ella no es también mujer?
—Eso de andar inventando chismes así, qué bajo —comentó otra.
Luna palideció, notando que ya no tenía el apoyo de nadie. Titubeando, intentó justificarse:
—¡Tú… tú solo dices tonterías! ¡Además, ni siquiera tenías cita!
—Que no tenga cita no te da derecho a inventar cosas sobre mí —respondió Celina, sacando su celular con toda calma—. En verdad no quería molestar a nadie, pero ya que llegamos a este punto, tendré que llamar personalmente al señor Arce.
La gente de recepción se quedó boquiabierta.
¿Ella de verdad tenía el número personal del señor Arce?
¿Será cierto que conoce a Emilio Arce?
Luna se estremeció de golpe. Aunque llevaba seis o siete años en la empresa y había visto pasar a muchas mujeres buscando a Emilio, nunca había visto a Celina. Segura de sí misma, pensó que era solo una farsa.
—Pues marca —se burló Luna, cruzando los brazos con actitud—. No creo que de verdad lo conozcas.
Celina marcó el número, pero nadie contestó. Dejó sonar dos veces más, pero solo se escuchó el tono de ocupado.
—Hmpf —Celina dejó escapar una risa llena de impotencia.
Las murmuraciones crecieron a su alrededor, y Luna se sintió todavía más segura de sí misma.
—¿No que muy influyente? —alzó la voz, burlona—. Ya ven, ni el teléfono le contestan. ¡Y todavía se atrevió a decir que conoce al señor Arce! ¿Quién le cree a este tipo de gente?



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