Lucía invitó a Oliver a quedarse para el almuerzo, y él aceptó sin dudar. Ella fue directo a la cocina, como si de forma intencional quisiera dejarles el espacio de la sala a los dos, aunque cada tanto no podía evitar asomarse para ver qué pasaba allí.
Oliver tomó un sorbo de té, observando cómo Celina lucía distraída. Con una media sonrisa, le dijo:
—No te preocupes. Si esas mujeres vuelven a molestarte a ti o a la señora, puedes contar conmigo cuando quieras.
Celina regresó al presente, aunque su incomodidad era evidente.
—Pero no quiero darte tantas molestias —murmuró ella.
—Para nada es una molestia —aseguró Oliver, dejando la taza sobre la mesa—. Todo lo que te pase, para mí nunca será un problema.
Celina sintió que el ambiente cambiaba. ¿Será que estaba imaginando cosas? ¿O de verdad Oliver le estaba insinuando algo?
Oliver, notando su incomodidad, giró la taza entre los dedos en silencio. ¿La habría asustado con sus palabras?
Justo entonces, el celular de Celina vibró varias veces.
Ella lo tomó y vio el nombre en la pantalla: Emilio.
Decidió rechazar la llamada de inmediato.
Pero enseguida, el timbre de la puerta rompió el silencio.
El semblante de Celina cambió y apretó el celular, con el presentimiento de que algo malo estaba por suceder.
Lucía salió de la cocina, secándose las manos en el delantal. Oliver se levantó.
—Señora, déjeme, yo veo quién es.
Oliver abrió la puerta. Afuera, parado con aire desafiante, estaba ni más ni menos que Emilio en persona.
Ambos se miraron fijamente. El ambiente se tensó al instante.
Emilio curvó una sonrisa burlona y soltó con un tono venenoso:
—Vaya, señor Bernal, qué relajado lo veo.
Oliver respondió con una sonrisa igual de irónica.
—No tanto como usted, señor Arce.
Los ojos de Emilio pasaron por encima de él y se clavaron en Celina. Después, miró con desdén a Lucía.
—Parece que mi suegra no me quiere aquí.
Lucía apretó el delantal entre las manos, obligándose a ser cortés.
—No diga eso, señor Arce, está exagerando.
Emilio frunció el ceño, notoriamente molesto por el trato distante.
—Todavía no me he divorciado de Celina. ¿Está bien que me llame “señor Arce”?
Lucía se quedó callada, pero antes de que pudiera responder, Celina intervino.
—Emilio, ¿a qué viniste a la casa de los Flores?
—¿Ahora resulta que no puedo venir si no tengo algo que hacer? —dijo Emilio, con la mirada oscura y fija en Celina—. ¿O temes que interrumpa tu búsqueda de nuevo hogar?
—¡Tú…!


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