Emilio la miró fijamente, arrugando apenas el entrecejo.
—¿Te molesté a ti y a Oliver? ¿Por eso estás así de enojada?
Celina ni siquiera le dirigió la mirada.
—¿Y tú? ¿Te da gusto cuando yo interrumpo lo que tienes con Abril?
Apenas terminó de hablar, él la giró de golpe, sujetándola con firmeza. Sus dedos se hundieron en su mandíbula, obligándola a mirarlo de frente.
—Celina, todavía no estamos divorciados.
—¿Y cuándo lo estaremos?
—¿Tienes prisa?
—Sí —respondió sin titubear, como si ya no aguantara un minuto más a su lado.
La fuerza en la mano de Emilio aumentó. La intensidad de su mirada ardía sobre ella, como si la respuesta no fuera lo que esperaba escuchar.
Después de un silencio incómodo, Emilio habló despacio.
—Yo no tengo prisa.
A Celina se le apretó el pecho.
—¿Estás jugando conmigo o qué?
Él se rio por lo bajo, sin responder.
Celina se quedó paralizada unos segundos. De pronto, una idea cruzó por su mente y lo miró de forma distante.
—Todo lo que pasó hoy, ¿no será que tú lo planeaste para presionarme?
La sonrisa de Emilio desapareció de golpe. Su mirada se volvió dura.
—¿Crees que fui yo?
—Si no fuiste tú, ¿por qué estabas hoy con la familia Flores?
Antes, cuando había problemas con ellos, ¿alguna vez te apareciste por ahí? Jamás.
Anoche apenas me advertiste y hoy la señora Flores e Isidora vinieron a buscarme. Qué casualidad.
—Señorita Flores, está usted equivocada, en realidad no fue así…
—Ya basta —cortó Emilio con voz grave y seca, apretándola aún más—. Si piensas así, qué lástima que no haya sido yo quien lo hizo.
La soltó de repente y ordenó a Lea que llamara a la familia Flores.
Celina lo tomó del saco, incrédula.
—¡Emilio, ¿qué vas a hacer?!
—Lo que tú piensas que haría.
Lea estaba a punto de marcar el número cuando Celina, desesperada, la detuvo.
Celina apretó el puño, sin contestar. Faltaban veinte días; haría lo que fuera para que él firmara los papeles. Hasta entonces, no tenía sentido pelear con Emilio.
Tras una pausa, murmuró:
—Entendido.
...
De regreso en la Villa de la Paz, Celina caminó tras Emilio al cruzar la entrada. Emma, que estaba limpiando, los vio llegar juntos y se enderezó con una sonrisa.
—Señor, señora, ¿ya regresaron?
Emilio se quitó el saco y se lo colgó en el brazo. De pronto, se detuvo sin aviso y Celina, distraída, terminó chocando con su espalda.
Por poco se cae, pero logró recuperar el equilibrio. Emilio se giró para verla; Celina tenía los labios apretados y la mirada baja, tan sumisa que a Emilio le daban ganas de bromearle.
Emma, captando el ambiente, dejó de limpiar.
—Señor, ya terminé con la limpieza. Me retiro.
Él apenas gruñó un “ajá”.
Cuando Emma salió, Celina sintió una incomodidad tremenda al quedarse sola con él. Lo último que quería era compartir más tiempo juntos.
—Voy a mi cuarto…
—No he comido nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Celina: entre la medicina y el adiós definitivo