Emilio se frotó el puente de la nariz, la molestia evidente en su cara.
Antes, cuando Abril se sentía mal, lloraba y él terminaba ablandándose, preocupándose por ella. Pero ahora, cada vez que veía a una mujer llorar por cualquier cosa, solo sentía fastidio.
Al notar que Emilio no tenía la mínima intención de consolarla, Abril poco a poco dejó de sollozar.
Carla entró acompañada de las dos niñeras responsables. Ambas mantenían la cabeza agachada, temblorosas. No solo no habían cuidado bien al niño, sino que ahora estaban metidas en este lío. Sabían que su trabajo estaba perdido.
La mirada de Emilio se posó sobre ellas.
—¿Por qué Santiago terminó junto a la piscina? ¿Dónde estaban ustedes en ese momento?
Una de las niñeras se estremeció y, con mucha cautela, levantó la vista.
—Santi lleva días queriendo estar solo en el patio, no nos deja acompañarlo. Pensamos que en un rato volvería, la neta no imaginamos que se acercaría a la piscina.
—Sí, además, hoy su mamá vino a verlo, así que ni se nos cruzó por la cabeza que fuera a pasar algo.
El rostro de Abril cambió un poco. Temía que la culparan, así que se apresuró a hablar.
—Emilio, yo he notado que Santi anda muy decaído estos días. La vez pasada escuché a Tania decir que Celina se reunió a solas con él.
—No sé si ella le habrá dicho algo, aunque confío en que jamás haría algo así, pero la verdad me tiene muy preocupada la actitud tan rara de Santi.
—¿Y qué podría haberle dicho? —Emilio giró para mirarla.
Abril tragó saliva, el miedo asomando en sus palabras.
—Ella me detesta, seguro tampoco acepta a Santi.
Carla soltó una risilla.
—Señorita Rojas, creo que está exagerando. Si la señora quisiera hacerle daño a Santiago, con lo mucho que la abuela la quiere, ya lo hubieran corrido hace tiempo. ¿De verdad cree que no lo aceptarían?
—Bueno… solo te digo lo que Tania me contó, ella dice que lo vio todo, yo tampoco quería creerlo.
Abril fingió estar en una situación incómoda.
Antes de que Emilio pudiera decir algo, Carla ordenó a una de las empleadas que fuera a buscar a Tania.
A los pocos minutos, Tania apareció tras la empleada. Se acercó a Emilio, pero de reojo miró a Abril, con una expresión dudosa.
—Hermano, ¿me estaban buscando?
Emilio fue directo.

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