Celina volvió en sí y la luz blanca del hospital le quemó los ojos. Al instante reconoció el cuarto de hospital, el olor a desinfectante, el sonido lejano de pasos y aparatos. Emilio platicaba con el doctor a un costado, pero ella no quiso escuchar ni una palabra de lo que decían.
Sin pensarlo, arrancó la aguja que tenía clavada en la mano. Emilio reaccionó de inmediato, corrió a sujetarla y presionó su herida para detener la sangre.
—¡Celina, ¿qué tienes en la cabeza?! —exclamó, con el rostro desencajado.
—Tengo que ir por mi mamá… seguro lleva horas esperándome —murmuró ella, tambaleante, como si su mente anduviera a la deriva.
Intentó zafarse, pero sus pasos eran inseguros. Emilio la sostuvo con fuerza, la alzó del suelo y la apretó contra su pecho.
—¡Celina! ¡Mírame! —le ordenó, mientras tomaba su cara entre las manos, obligándola a levantar la vista.
La piel de Celina se veía tan pálida como una hoja. Sus ojos, tan bellos como siempre, ahora no mostraban nada. Emilio acarició el cabello que caía sobre su frente y habló con voz grave:
—Ella ya no está, Celina. Tienes que aceptar que se fue.
—¡Estás mintiendo! —Celina tenía los ojos enrojecidos y lo miraba con rabia—. ¡Quítate! ¡Déjame ir a buscarla!
—¿Y si no te dejo? —insistió él, sin soltarla.
Celina abrió la boca y, con desesperación, mordió el brazo de Emilio. Él soltó un gruñido por el dolor, pero no la apartó.
—¡Señor Arce! —El doctor se acercó, alarmado al ver la sangre brotar.
El sabor salado de la sangre llenó la boca de Celina y, de pronto, soltó el brazo de Emilio.
Sin prestar atención a su herida, Emilio la miró fijamente.
—Tienes que enfrentarlo, Celina.
El doctor intervino, incapaz de soportar la escena.
—Señor Arce, en su estado, lo mejor es no presionarla.
—¿Y dejar que se engañe a sí misma? —reviró Emilio con el ceño fruncido.
El doctor se quedó sin palabras.
—Eso ayuda a que el paciente se recupere en cuerpo y mente, al menos al principio.
Emilio observó a Celina, que parecía ausente, y apretó los labios.
—¿Y si no puede aceptarlo ahora, cuándo podrá? —dijo con voz dura—. Puede evadir la realidad un rato, pero no para siempre.
Se inclinó hacia ella y la tomó por los hombros.
—Si tu mamá pudiera verte, ¿crees que le gustaría saber que no comes ni duermes, que te estás haciendo daño? Celina, tú eras lo más importante para ella. Déjala ir tranquila. Ahora tu cuerpo no puede soportar más, así que déjame encargarme de todo lo de tu mamá, ¿sí?
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