Porque ella era demasiado guapa.
Y todos en el pueblo sabían bien cómo era el hijo soltero y medio despistado de esa familia...
Por más que tuvieran buena situación, nadie se animaba a casarse con un hombre grande que parecía no haber madurado.
Así que cuando apareció una muchacha joven y tan bonita en esa casa, era imposible que la gente no sospechara...
Seguro esa pobre chica había sido traída a la fuerza.
Además, no era la primera vez que pasaba algo así.
Isidora, por supuesto, se dio cuenta de las miradas y los susurros. Sonriendo, dijo:
—Les presento a mi sobrina, Celina Flores, la hija de Felipe.
—¿La hija de Felipe? —Un anciano observó a Celina y luego volteó a ver a Helena, con una mirada cargada de significado—. Vaya, sí que tiene valor usted.
Helena resopló, con desdén.
—Las hijas crecen y se casan, ¿o qué? ¿Por qué no habría de dejarla ir?
El anciano suspiró, sin poder hacer nada más.
En ese momento, un hombre vestido de novio apareció, sostenido por varios familiares. Pasaba de los cuarenta, y desde niño había tenido polio: la mitad del rostro se le notaba caída, apenas podía hablar con claridad y su mentalidad era como la de un niño de ocho años.
Isidora caminó hacia él.
—Kelvin, a partir de hoy ella será tu esposa, así que más te vale tratarla bien.
—¡Tratar bien a la esposa! ¡Yo la voy a querer mucho! —rio Kelvin, dejando escapar un hilo de baba por la comisura de los labios. Cuando miró a Celina, hasta se le notó un poco de timidez—. Linda.
Celina permaneció todo el tiempo con la mirada perdida, inmóvil, como si nada de eso fuera con ella.
Ignoró los comentarios de la gente, como si su mente estuviera muy lejos de ese lugar.
Por fin, vio la oportunidad.
Justo cuando intentaban acercar a Kelvin, Celina empujó a todos y se abrió paso.
Kelvin cayó al suelo y rompió en llanto de inmediato.
Sus padres corrieron de inmediato a ayudarlo.
Isidora hizo una seña y dos personas intentaron levantarla.
—¡No me toquen! —gritó Celina, luchando con todas sus fuerzas.
Justo cuando el cansancio y la desesperación la vencían, una fila de carros nuevos apareció y se estacionó en la orilla de la carretera.
Todos voltearon a mirar. La escena imponía respeto.
Lea bajó del carro junto con varios guardaespaldas. Con una sombrilla en la mano, fue hacia la puerta trasera y ayudó a Emilio a salir.
Emilio bajó con paso seguro, luciendo un traje gris oscuro de tela fina, chaqueta con un solo botón y una insignia de diamante azul en el pecho. La camisa, abierta en el cuello, dejaba ver una V elegante.
Tomó la sombrilla que le pasó Lea y, rodeado de sus guardaespaldas, avanzó.
—¿Vienen a la boda? —preguntó el papá de Kelvin, acercándose con una sonrisa nerviosa, sin saber si eran familiares lejanos, pero igual queriendo quedar bien.
Los ojos de Emilio se posaron en Celina.
En medio de la multitud vestida de negro, ella destacaba con su vestido rojo, la mirada empañada y un brillo de tristeza que partía el alma.

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