Celina se quedó callada un momento, luego suspiró y dijo:
—Llévame, por favor.
El mesero la condujo al segundo piso del restaurante. Oliver Bernal estaba sentado junto a la ventana, y desde ahí, efectivamente podía verla llegar.
Cuando el mesero se retiró tras recibir la propina, Oliver la observó, manteniendo la misma sonrisa en el rostro.
—¿Quieres tomar algo? Aquí preparan un té rojo muy bueno, podrías probarlo.
—Gracias, pero no hace falta. —Celina se sentó justo frente a él, con una actitud más cortés de lo normal—. No quiero nada.
Él bajó la mirada.
—Sé que estás molesta conmigo. Aun así, quería decirte que lo siento. Le fallé a tu madre, y a ti también.
Los párpados de Celina temblaron levemente. Alzó la vista y lo miró directo a los ojos.
—Eso ya quedó en el pasado.
Dijo esas palabras con calma, como si de verdad lo hubiera superado, pero Oliver sabía que no era así, que dentro de ella aún quedaba una herida abierta.
—Celina, déjame contarte una historia. —Oliver apretó la taza entre las manos y empezó a relatar, usando a “A” y “B” para hablar de dos amigos que habían pasado por todo juntos. No eran hermanos de sangre, pero el lazo entre ellos era más fuerte que el de muchos hermanos.
Al principio, A venía de una familia poderosa, pero eso nunca fue un motivo para menospreciar a B. Para B, A no era el típico hijo de ricos: era educado, valiente y tenía palabra.
Se hicieron inseparables, y A se convirtió en la persona en quien B más confiaba.
B tenía una hermana que, con el tiempo, se enamoró de A. El sentimiento era mutuo, pero la chica temía que las diferencias de clase fueran un problema. A, sin embargo, le prometió que convencería a su familia para casarse con ella.

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