Celina guardó silencio durante un largo rato. Recordó lo que Oliver había mencionado antes sobre los problemas entre él y los mayores de la familia Arce. Lo miró con atención.
—Entonces, ¿A se refiere a alguien de la familia Arce?
—Así es —Oliver no lo negó—. B es mi tío abuelo, la hermana menor es mi abuela, y mi madre es esa niña.
Celina se quedó sorprendida.
La madre de Oliver... resultaba ser de sangre Arce.
Si la familia Arce la hubiera reconocido, ahora mismo sería la hija mayor de esa familia.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó, entre la confusión y la intriga.
—Debo admitir que, al principio, quería usarte —Oliver, de pronto, le tomó la mano—. Pero, Celina, me arrepentí. Desde que tú y tu mamá confiaron en mí, me di cuenta de que no quería seguir engañándolas.
—Pero igual lo hiciste —replicó ella, con la voz temblorosa.
Oliver se quedó sin palabras. Sintió cómo algo cálido se deslizaba fuera de su palma.
Celina retiró la mano y, mirándolo con una mezcla de gratitud y distancia, habló:
—Oliver, la verdad es que te agradezco. Nos ayudaste a mi mamá y a mí, y aunque tu ayuda tuviera otros fines, nos sacaste de apuros más de una vez. Perdón por todas las molestias de este tiempo… pero ya no hará falta que sigas ayudándonos.
Se levantó y salió del restaurante.
—¡Celina! —Oliver fue tras ella, pero justo al llegar al pasillo, recibió una llamada. Dudó en contestar, pero por lo que le dijeron, desistió de seguirla.
Celina, para entonces, ya iba en el elevador rumbo a otro destino.
...
Oliver fue a buscar a Abril. Apenas entró a la habitación del hotel, ella se lanzó a sus brazos, llena de entusiasmo.
—Esa vieja de la familia Arce me quitó el puesto, ¿ya tienes manera de deshacerte de ella?
Abril estaba a punto de besarlo cuando Oliver la apartó de golpe.
Desestabilizada, ella tropezó y fue a dar contra la pared del recibidor.
Abril se giró, atónita y furiosa.
Él relajó poco a poco el puño, una mueca amarga asomó en sus labios.
—Emilio ha estado mandando gente a seguirme. Seguro que en este momento, alguno de sus hombres ya está abajo —soltó con sarcasmo.
Abril se congeló, su expresión se desfiguró de golpe.
—¿Y por qué me lo dices ahora?
Oliver aflojó el nudo de su corbata y la miró con desprecio.
—Para que entiendas que en este juego, la que tiene miedo de perder eres tú, no yo —le clavó los dedos en la quijada—. ¿De verdad creíste que por acostarte conmigo podías manipularme? Para mí, eres igual que cualquier otra que se ha metido en mi cama. Si piensas que me puedes ver la cara, aquí no ganas nada.
Sin más, Oliver abrió la puerta del cuarto y empujó a Abril fuera.
Ella cayó de bruces sobre la alfombra del pasillo, la ropa hecha un desastre.
En ese preciso momento, dos guardaespaldas de Emilio, que habían estado siguiendo a Oliver, la vieron tirada ahí.
—¿Señorita Rojas? —preguntó uno, sorprendido por la escena que acababan de presenciar.

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