Abril se aferró a su ropa, el rostro descompuesto, temiendo que en ese preciso momento Oliver saliera de la habitación.
—Señorita Rojas, ¿qué hace aquí?
—Yo…
Abril pensó deprisa y soltó una excusa.
—No me sentía bien en casa, así que salí a quedarme en otro lado. Pero no pensé que me fuera a dar un bajón de azúcar.
Uno de los guardaespaldas se acercó para ayudarla a incorporarse. Echó un vistazo al número de la puerta detrás de ella.
—¿Está usted en esta habitación?
El guardaespaldas se preparaba para abrir la puerta, pero Abril lo detuvo.
—No es necesario, ya estoy mucho mejor. Oigan, ¿y ustedes qué hacen por aquí?
Los dos guardaespaldas se miraron. Parecía que no podían responderle tan fácil.
Abril no insistió y cambió el tema.
—Por cierto, ¿cómo está Emilio?
—El señor Arce está bien —respondió el guardaespaldas, mientras vigilaba el lugar—. Si ya está bien, nos retiramos.
Abril deseaba que se fueran lo antes posible.
Cuando los guardaespaldas se marcharon, casi se desplomó de puro alivio.
En ese momento, Oliver salió del cuarto con toda tranquilidad. Hasta entonces Abril entendió que él la había empujado afuera a propósito, como escudo.
—Considéralo una advertencia —le dijo Oliver, lanzándole una mirada antes de irse.
Abril se dejó caer contra la pared, apretando la mandíbula. No lograba entender por qué no era suficiente.
Antes, lograba que Emilio sólo tuviera ojos para ella. Más tarde, hasta consiguió que un tipo gastara montones de pesos para tenerla solo para él. Todo lo que quería lo conseguía, nunca se equivocaba en nada.
Regresar al país la hizo pensar que podría manejarse entre los hombres como antes. Pero justo la aparición de Celina lo arruinó todo.
Emilio ahora protegía a Celina.
Incluso Oliver, que solo quería usar a Celina, parecía empezar a interesarse por ella.
Ese sentimiento le revolvía el estómago.
Los guardaespaldas, tras perderle la pista a Oliver, volvieron al hospital para reportar.
Emilio estaba recostado en la cama revisando documentos. Lea esperaba a un lado. Al notar el silencio, miró al guardaespaldas que rendía el informe.
—¿No hay cámaras de seguridad? ¿No saben a quién fue a ver en el hotel?
El guardaespaldas hizo una mueca.
—La administración del hotel nos dijo que como no somos la policía, no tenemos derecho a pedir los videos.
—¿Qué hotel era?

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