Celina y Emilio entraron a la casa, uno detrás del otro. Ella no se fijó en el hombre que venía detrás, se quitó los zapatos y se fue directo al dormitorio.
Fue al vestidor a sacar algo de ropa limpia y se dirigió a la habitación de invitados que estaba al lado.
Emilio, que estaba en la cocina sirviéndose un vaso de agua, la vio, pero no dijo ni una palabra.
Un momento después se escuchó cómo cerraban la puerta con seguro.
Emilio apretó el vaso con fuerza, su expresión se volvió difícil de descifrar.
¿Cuándo había empezado Celina a desconfiar así de él?
En ese instante, su celular vibró: era una llamada de Bastián.
...
Celina pidió medio día libre y llegó al hospital hasta la tarde.
Apenas puso un pie en el vestíbulo, una mujer de mediana edad se le fue directo encima y, sin decir agua va, le soltó una bofetada.
Antes de que pudiera reaccionar, la mujer la agarró del cuello de la blusa y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Eres una desgraciada! ¿Cómo te atreves a meterte con mi esposo?
—Señora, creo que está confundida —Celina se zafó de su mano—. Yo ni conozco a su esposo. ¿Quién le dijo ese chisme para que venga a soltarme todo esto?
La mujer sacó una foto de un hombre y casi se la pega en la cara.
—¡Tristán es mi esposo! ¡Trabajan en el mismo hospital! ¿Y todavía vas a decir que no lo conoces?
Celina se quedó en shock, aún más confundida.
—¿Tristán?
—¡Maldita! Con razón mi marido ya ni duerme en la casa, resulta que te anda manteniendo a ti, ¡sinvergüenza! —La mujer levantó la mano de nuevo, pero en ese momento llegaron los de seguridad y la detuvieron.
Abril y el mismísimo Tristán también aparecieron justo a tiempo.
—¡Amor! —Tristán corrió hasta donde estaba la mujer, intentando calmarla, pero ella lo tomó de la oreja y se la retorció.

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