La noche ya había caído.
A través de la ventana, las luces de la ciudad titilaban como luciérnagas en plena fiesta.
Sentada en la cama con las piernas cruzadas, Celina pasaba las páginas de su libreta, ajustando el plan quirúrgico que tenía para el día siguiente.
De pronto, su celular vibró. Era Matías.
Sin pensarlo, contestó. Ni siquiera había abierto la boca cuando la voz alborotada de Matías llenó la habitación.
—¡Hermana! No me digas que ya se te olvidó que pasado mañana es mi cumple, ¿eh? ¿Van a venir con Emilio o no?
Celina tardó unos segundos en reaccionar. Miró la fecha en la pantalla del teléfono.
Diez de junio.
El tiempo se le iba de las manos.
—No se me ha olvidado —soltó una pequeña sonrisa, bajando la mirada. De pronto, una duda la asaltó—. Pero no te prometo nada con tu cuñado… no sé si pueda ir.
Matías estaba a punto de responderle cuando, de repente, Felipe le arrebató el teléfono.
—¡Celi! Tu madre y yo vamos a organizarle el cumpleaños a tu hermano, así que tú y Emilio tienen que estar sí o sí. ¡Nada de excusas! Tienes que venir a apoyarlo.
—Pa, ¿no cree que la está poniendo en aprietos?
—¡Tú qué sabes, chamaco!
Matías volvió a recuperar el celular y, alejándose del bullicio, fue hasta la puerta.
—No le hagas caso a mi papá, hermana. Si Emilio no puede ir, no hay lío. Lo importante es que tú estés.
Celina apenas susurró.
—Está bien.
Cuando colgó, se quedó mirando la pantalla del celular, perdida en sus pensamientos.
Cumpleaños…
Después de los ocho años, nunca más celebró el suyo.
Pero el de su hermano… no quería fallarle.
Escribió un mensaje para Emilio. Lo escribió, lo borró, lo volvió a escribir. Cuando por fin le pareció menos forzado, lo envió.
El mensaje quedó flotando en el chat, sin respuesta… como si se hubiera perdido en el vacío.
No se quedó esperando. Dejó el celular de lado y continuó con su trabajo.
...
A la mañana siguiente, Celina se vistió y salió al comedor. Al ver a Emilio, se quedó inmóvil.
Curiosamente, Emma se había tomado el día libre.
Se humedeció los labios y se acercó.
—¿Cuándo volviste?
—Anoche, bien tarde —respondió Emilio, sentado a la mesa, hojeando una revista. Frente a él había un desayuno occidental: pan, jamón, jugo de naranja.
Guardó la revista y se fue directo a la oficina.
Celina miró el desayuno, luego la espalda de Emilio. No podía evitar sentirse desconcertada, como si algo se le escapara.
No entendía…
¿A qué jugaba Emilio últimamente?
No tocó ni un bocado del desayuno. Salió sin mirar atrás.
Cuando Emilio regresó de la oficina, vio el plato intacto, el café frío. Su expresión se volvió sombría.
¡Qué mujer tan desagradecida!
Sin pensarlo dos veces, tiró todo a la basura.
...
Celina pasó toda la mañana encerrada en el quirófano. Cuando salió, ya era mediodía.
Los familiares del paciente llevaban horas esperando fuera. En cuanto la vieron, corrieron a su encuentro.
Celina se quitó el cubrebocas y anunció con una sonrisa:
—La operación fue un éxito.
Al escucharla, los rostros preocupados de los familiares por fin se iluminaron y no paraban de agradecerle.
Celina les explicó algunos cuidados, luego volvió a su oficina. Justo al pasar por el área de enfermería, se topó de frente con Tania y Abril.

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