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Celina: entre la medicina y el adiós definitivo romance Capítulo 73

Pasillo del hospital.

Abril, con la intención de mostrar su triunfo, le envió a Celina una foto de Emilio acompañando al niño, y después mandó un mensaje con tono de ganadora.

[Celina, Emilio está aquí conmigo y con el niño. No va a ir contigo, así que mejor no lo esperes en vano.]

Celina no contestó de inmediato.

A Abril tampoco le importó mucho. Al menos, su plan había funcionado y había logrado retener a Emilio.

Cuando escuchó el ruido de la puerta de la habitación abriéndose, volteó y vio a Emilio saliendo. Guardó el celular rápido y se acercó con una sonrisa fingida.

—Emilio, Santi todavía no despierta, ¿verdad?

Él solo asintió, con voz distante.

—Quédate tú con él, yo tengo que atender otro asunto.

La sonrisa de Abril se congeló.

Justo cuando Emilio iba a marcharse, ella lo detuvo tomándole del brazo.

—¡Emilio!

Sabía exactamente a dónde iba y eso la ponía nerviosa.

Durante los últimos seis meses, desde que regresó al país, las cosas entre ellos no habían vuelto a ser como antes. Lo que ella deseaba seguía fuera de su alcance. No podía resignarse a perderlo tan fácil.

Emilio la miró, frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa ahora?

—Me da miedo que Santi despierte y no te vea... ¿Por qué no te esperas hasta que despierte antes de irte?

Quería retenerlo. Solo eso.

Emilio la observó, como intentando descifrar algo más profundo en su mirada, imposible de leer.

—Ya te lo había dicho: no todo en mi vida puede girar alrededor de Santi. Tengo mis propios asuntos.

—Hazlo por mí, por favor —insistió Abril, sujetándole la mano, con lágrimas acumulándose en los ojos—. Emilio, solo quiero que te quedes un rato más, acompáñame...

Al ver a Abril a punto de quebrarse, el corazón de Emilio se llenó de sentimientos encontrados.

Sentía culpa por ella.

Si en su momento la abuela no hubiera metido las manos y la hubiera obligado a irse, Abril nunca habría acabado vendida por sus padres a otro tipo, ni habría tenido a Santiago.

Diez años de cariño, y por un error, ella acabó en ese lugar. Él lo lamentaba.

...

Celina estuvo en casa de la familia Flores hasta que cayó la tarde, cerca de las seis. Si no hubiera sido por Matías, seguramente no habría aguantado tanto.

Matías la acompañó hasta la puerta.

Aunque siempre era de los que no paraban de platicar, hoy lo notaba especialmente callado, distraído.

Celina se detuvo en el jardín y se giró para verlo, pensando que lo que había pasado ese día le quitó las ganas de celebrar.

—Perdón, hoy era tu cumpleaños y por mi culpa no la pasaste bien. El año que viene te lo voy a compensar, te lo prometo.

—Hermana...

—¿Eh? —Celina lo miró, confundida.

Matías quería preguntarle algo, pero no se atrevía. Las palabras se le atoraron en la garganta y, al final, se las tragó.

Afuera de la casa, un carro negro estaba estacionado. Era un Rolls-Royce con la placa más conocida por todos: C1111.

Matías vio al hombre bajarse del carro. Sin embargo, no mostró ninguna alegría.

Antes, al verlo, Matías siempre corría sonriente y le decía “cuñado”.

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