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Celina: entre la medicina y el adiós definitivo romance Capítulo 74

Al ver al hombre que llegó tarde, por un instante, Celina no pudo evitar sorprenderse.

Emilio se detuvo frente a ellos, echándole una mirada rápida a ella antes de fijar los ojos en Matías.

—No traje ningún regalo, así que toma esto como compensación.

Le extendió un sobre.

El sobre parecía delgado, pero Celina sabía que no contenía efectivo. Sin embargo, valía más que cualquier cantidad de dinero.

Matías no lo aceptó.

—No hace falta compensar nada, ya pasó mi cumpleaños.

Celina lo miró, sorprendida.

¿En qué momento su hermano se volvió tan maduro?

Antes, si Emilio le regalaba cualquier cosa, él nunca decía que no.

Como Matías no lo aceptó, Emilio tampoco insistió.

—Está bien, si cambias de opinión, avísame.

Sin darle tiempo a Celina de reaccionar, le tomó la muñeca y se la llevó de ahí.

Matías, con el ceño fruncido, vio cómo se alejaban. En su cabeza seguían retumbando las imágenes y las palabras que esa tal Abril le había mandado.

Su cuñado le estaba poniendo el cuerno a su hermana.

Por eso ella quería divorciarse…

No quería verla sufrir, así que borró la conversación de su celular.

Pero a esa mujer, la que se metió en el matrimonio de su hermana, jamás la dejaría tranquila.

...

El carro avanzaba despacio camino a casa.

Celina no había dicho una sola palabra desde que subieron, ni siquiera le preguntó a Emilio por qué había roto su promesa.

Parecía que ya ni siquiera tenía ganas de saber.

Emilio recibió una llamada de trabajo. Habló de un par de cosas, y cuando terminó, se giró hacia ella.

—Hoy tuve un asunto que me retrasó.

Celina tardó unos segundos en reaccionar.

¿Le estaba dando una explicación?

Eso sí que era raro.

Pero ya no le importaba.

Asintió con la cabeza.

—Ajá.

Emilio la observó con atención durante medio minuto.

—¿No tienes nada más que preguntar?

—No, usted siempre tiene cosas importantes, lo entiendo.

Celina sabía que Emilio era uno de ellos, pero nunca imaginó que él se la daría así, sin más.

Volvió en sí, pero no tomó la tarjeta.

—¿Por qué me da esta tarjeta?

Emma sonrió.

—El señor no dijo nada, solo comentó que, si necesitaba comprar cualquier cosa, la usara sin problema.

Celina miró la tarjeta y guardó silencio.

En seis años de matrimonio, jamás había gastado un solo peso de Emilio por iniciativa propia. No quería que él pensara que se había casado con él por interés.

Pero aun así, para Emilio ella seguía siendo una mujer “ambiciosa”.

Si era así, ¿entonces para qué darle esa tarjeta?

¿Estaba probándola de nuevo?

Por dentro, Celina se burló de sí misma y negó con la cabeza.

—No, gracias. No la necesito, tengo mi propio dinero.

Emma se quedó pasmada, sin creerlo.

—¡Señora! ¿Cómo va a decir eso? Lo suyo y lo del señor es de los dos. Gastar el dinero de su esposo es lo más normal del mundo.

Celina bajó la mirada con una sonrisa amarga.

—Usted no lo entiende. Él es él, y yo soy yo.

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