Me recliné en la silla, dejando que una risa seca y ligeramente amarga escapara de mis labios. El cuero frío del respaldo se sentía reconfortante contra mi espalda tensa.
—Ni loca —solté con firmeza, recordando el sabor amargo que me había dejado mi último "amor".
Los recuerdos del desastre que había sido mi matrimonio con Simón aún estaban demasiado frescos. Apenas había logrado zafarme de ese infierno; la idea de meterme en otra relación me provocaba náuseas.
Rafael esbozó una sonrisa divertida, sus ojos brillando con algo que parecía diversión mezclada con curiosidad. Antes de que pudiera decir algo, levanté una mano para detenerlo.
—Pero salir a divertirnos un rato, eso sí que se puede —mis labios se curvaron en una sonrisa traviesa.
El que no quisiera una relación seria no significaba que debiera vivir como monja. ¿Qué tiene de malo mirar el menú, aunque no vayas a ordenar? La vida ya me había dado suficientes golpes como para no permitirme algunos placeres.
Rafael se quedó mudo, sus ojos fijos en mí como si me estuviera viendo por primera vez.
El auto se detuvo con suavidad, marcando el final de nuestra conversación. Justo cuando puse un pie fuera, mi celular vibró. Era una llamada del laboratorio. Aunque la maestría oficialmente comenzaba hasta la primavera, ya estaba metida hasta el cuello familiarizándome con todo.
Mientras caminábamos por el centro comercial, sostenía el teléfono contra mi oreja con el hombro, escuchando los detalles sobre unos cultivos celulares. Gabi, aferrada a mi brazo como una niña en una dulcería, pegaba la nariz a los aparadores, completamente ajena a la mirada cada vez más intensa de Rafael.
El centro comercial era un hervidero de gente. Fin de año siempre traía esta locura consumista, donde hasta las tiendas más exclusivas parecían mercado de rebajas.
Los ojos de Gabi se agrandaron al ver el desfile interminable de bolsas de diseñador.
—¡Híjole! ¡Cómo hay gente con lana en este mundo! —exclamó, mordisqueándose el labio—. ¿Cuándo me tocará a mí andar así?
A pesar de que Gabi ganaba bien y podía darse sus lujos, sabía que comprar sin mirar precios estaba fuera de su alcance. La abracé impulsivamente, sacando con un movimiento teatral mi tarjeta negra.
—Ya, ya, no empiecen con eso. Lo importante aquí es que soy asquerosamente rica y quiero que mis dos amores me ayuden a gastar toda esta lana.
Gabi y yo éramos más que amigas; éramos hermanas del alma. La vi procesar la noticia de que su mejor amiga ahora tenía una fortuna obscena gracias al divorcio. Sus ojos empezaron a brillar con picardía.
—¡Amiga! ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando que te cayera una herencia o te sacaras la lotería? —chilló, dando pequeños brincos de emoción—. ¡Por fin se me hizo!
Me reí al recordar todos esos videos de TikTok que me mandaba, donde amigas millonarias consentían a sus mejores amigas. Siempre me etiquetaba con un "Algún día nos va a tocar". Y vaya que nos había tocado.
Viéndola así de feliz, un pensamiento extraño cruzó por mi mente. Tal vez mi matrimonio con Simón no había sido un completo desperdicio. Cuatro años de mi vida a cambio de una fortuna que me permitiría vivir cien vidas sin preocupaciones.
"Enfócate en lo positivo", me dije a mí misma. El dolor ya pasó; era hora de disfrutar. Después de todo, ¿qué mujer puede resistirse a los vestidos de diseñador, las bolsas de marca y las joyas brillantes?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cicatrices de un Amor Podrido