El dinero fluía como agua entre nuestros dedos. Ya no existían esas dudas fastidiosas de "¿lo compro o no lo compro?". Si algo nos gustaba, simplemente lo tomábamos. Era una sensación embriagadora, casi adictiva.
"Qué diferente es la vida cuando el dinero deja de ser un problema", pensé mientras deslizaba la tarjeta negra por enésima vez ese día.
Originalmente habíamos venido por algunas cosas para las vacaciones, nada extravagante. Pero una vez que el frenesí de compras nos atrapó, fue imposible detenernos. De los pies a la cabeza, desde joyería fina hasta ropa de diseñador, todo lo que se nos atravesaba terminaba en nuestras bolsas.
Rafael, quien siempre presumía de ser minimalista, tampoco se salvó de nuestro arranque consumista. Sus protestas de "no necesito nada" se desvanecieron ante nuestra insistencia.
Y es que, honestamente, ¿cómo resistirse? El hombre parecía modelo de pasarela. Cada prenda que se probaba le quedaba como si hubiera sido confeccionada especialmente para él. Su atractivo natural solo hacía que quisiéramos seguir comprando más y más.
Estábamos en eso, con Gabi sosteniendo otra camisa contra el pecho de Rafael, cuando una voz chillona y llena de veneno cortó el aire.
—¡Luz, maldita aprovechada! ¿Cómo te atreves a gastarte el dinero de mi hermano en tu amante?
Celeste Estévez se abalanzó hacia mí como una fiera, pero antes de que pudiera acercarse, los guardias de seguridad la interceptaron con una eficiencia admirable.
—¡Desgraciada! ¿Cómo te atreves? ¡¿Cómo te atreves?! —seguía gritando, forcejeando contra los guardias.
Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Celeste seguía viéndome como la misma Luz sumisa de antes, la que agachaba la cabeza ante sus insultos. Qué equivocada estaba.
Me di la vuelta, tomando del brazo a Gabi y haciendo un gesto a Rafael. No iba a permitir que una víbora como ella arruinara nuestro día.
Los gritos de Celeste se intensificaron al vernos alejarnos. Su rostro se contorsionó en una mueca de rabia cuando los guardias la retuvieron con más firmeza.
—¡No puedes ignorarme! ¡No te atrevas a darme la espalda! —su voz se quebraba por la furia.
El rostro de Celeste palideció. Durante años, su familia había dependido de la generosidad de Simón. Había esperado que su hermano la respaldara, que pusiera en su lugar a la advenediza de su esposa. En cambio, estaba recibiendo una advertencia que sonaba peligrosamente a ultimátum.
La furia la consumía, pero el miedo a perder su fuente de ingresos era más fuerte. Con un grito ahogado de frustración, pateó un bote de basura cercano, ganándose más miradas de desaprobación de los transeúntes.
Apenas Simón colgó, Fernando, que había estado observando la escena desde lejos, se apresuró a mostrarle su celular.
—Mira esto, Simón —deslizó su dedo por la pantalla, mostrando una serie de fotos—. Le das generosamente dinero a Luz, ¿y en qué lo está gastando?
Las imágenes mostraban cada momento de nuestras compras: yo ayudando a Rafael a probarse un saco, ajustando el cuello de una camisa, sosteniendo diferentes corbatas contra su pecho para ver cuál combinaba mejor.
—¡Está manteniendo a otro hombre con tu dinero! —la voz de Fernando destilaba falsa preocupación.

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