Me incliné hacia Violeta, cada palabra saliendo como un trozo de hielo.
—Si quieres hacerme quedar como la mala del cuento, adelante. Pero la próxima vez, lastímate tú misma. No vuelvas a intentar algo que me pueda hacer daño, como empujarme a la alberca. Porque si hay una próxima vez... —Agité ligeramente el celular frente a su rostro—. Este video sale a la luz y jamás vas a poder volver a levantar la cara.
Necesitaba su ayuda para terminar este matrimonio cuanto antes, sí, pero no a costa de mi vida. Mi cuerpo se había vuelto demasiado frágil después del accidente. Ya fuera por este matrimonio o por cualquier otra cosa, no podía permitirme ni un rasguño más.
Sin esperar su respuesta, me di la vuelta y salí, dejándola con el rostro descompuesto y las palabras atoradas en la garganta.
Al llegar a mi departamento, me di un largo baño, pensando en dormir un rato. Pero al salir, me encontré con Simón parado en medio de mi sala como si fuera el dueño del lugar.
Un ceño fruncido se dibujó en mi rostro.
—¿Cómo diablos entraste? —La pregunta salió entre dientes. Había cambiado la contraseña. Incluso si la hubiera hackeado, necesitaría tiempo, ¿no? Especialmente porque esta vez elegí una combinación totalmente diferente a todas mis contraseñas anteriores.
Simón ignoró mi pregunta por completo, como si no hubiera escuchado el veneno en mi voz.
—Has de tener hambre, ¿no? Ven, te traje tu lasaña favorita.
Su tono cariñoso, como si nuestras peleas y el inminente divorcio no existieran, como si fuéramos una feliz pareja de enamorados, me revolvió el estómago. Tomé lo primero que encontré, un adorno de cristal, y se lo lancé con toda la fuerza que pude reunir.
—¡Lárgate de mi casa! Y si vuelves a entrar sin mi permiso, te juro que llamo a la policía.
Si no fuera porque necesitaba que este divorcio saliera lo más rápido posible, ya habría marcado al 911. Pero complicar las cosas solo haría más difícil separarnos.
Simón esquivó el proyectil con irritante facilidad. Me miró con esa expresión suya de resignada condescendencia que tanto odiaba, como quien mira a una niña malcriada.
—Ya, ya, tranquila. Sé que la regué ayer, y me disculpo. ¿Podemos dejar el drama?


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