Gabriela me lanzó una de esas miradas que solo ella sabe dar, mezcla de reproche y cariño contenido.
—¡Ya párale con esa cara de cachorrito abandonado! Conmigo eso ya no funciona.
Sus ojos brillaban con determinación mientras se ajustaba la correa de su bolso de viaje.
—Ahora tengo el corazón más duro que una roca.
El tono de Gabi destilaba ese escepticismo que tanto me había ganado. No la culpaba - después de años de verme suspirando por Simón, investigando cada detalle de su vida como una acosadora profesional... yo misma me daba vergüenza recordarlo.
Me acerqué a ella con mi mejor expresión de arrepentimiento, las manos juntas como en plegaria.
—Mi vida, ¿qué tengo que hacer para que me perdones?
Una chispa de malicia atravesó su mirada.
—Acompáñame a un lugar y tal vez, solo tal vez, considere perdonarte.
La esperanza me hizo dar un pequeño brinco.
—¡No me digas un lugar, llévame a cien si quieres!
Gabi soltó un resoplido que sonaba a risa contenida.
—No exageres. Con uno es más que suficiente.
La curiosidad me carcomía. ¿Qué lugar podría ser tan importante como para que mi mejor amiga, estando tan dolida conmigo, considerara perdonarme?
—¿A dónde vamos?
Una sonrisa misteriosa curvó sus labios.
—Ya lo verás cuando lleguemos.
Durante el trayecto, mi mente divagó por mil posibilidades. Pero jamás, ni en mis ideas más locas, imaginé que apenas bajando del avión, sin siquiera tener chance de estirar las piernas, ella me arrastraría a una "agencia de modelos masculinos".
Y no cualquier agencia... sino de esas donde, por el precio correcto, los "modelos" ofrecen servicios muy especiales.
Me quedé congelada en la entrada, la mandíbula por el suelo.
Antes de que pudiera articular palabra, Gabi se me adelantó.
—Si de verdad ya superaste tu obsesión por el "amor verdadero" —hizo comillas en el aire—, escoge un modelo para que te atienda aquí y ahora.
—¡...!
Gabi cruzó los brazos sobre su pecho. Su rostro, normalmente dulce, mostraba una máscara de sarcasmo.
—¿Qué pasa? ¿No quieres?

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