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Cicatrices de un Amor Podrido romance Capítulo 53

La escena frente a mí era como una bofetada más a mi dignidad. Simón sostenía a Violeta entre sus brazos con una familiaridad que me revolvió el estómago. Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios mientras observaba la hipocresía materializada en ese abrazo. El aire en el pasillo se sentía pesado, cargado con años de mentiras y manipulaciones.

Simón, al notar mi presencia, pareció despertar de un trance. Sus ojos se ensancharon con algo parecido al pánico, y como si Violeta quemara, la depositó bruscamente en el suelo. El rostro de ella se contorsionó con una mezcla de indignación y dolor que casi me pareció cómica.

Sus manos se movieron nerviosamente hacia su corbata de diseñador mientras apretaba la mandíbula.

—Se torció el tobillo... La iba a llevar al hospital —murmuró, ajustándose el nudo de la corbata por tercera vez.

Una risa seca escapó de mi garganta. Era fascinante cómo ahora se apresuraba a dar explicaciones, cuando durante años mis preguntas sobre su cercanía con Violeta solo habían encontrado acusaciones de drama y paranoia. El peso de cada "estás imaginando cosas" y "tienes la mente sucia" resonaba en mi memoria como una burla cruel.

Crucé los brazos sobre mi pecho, adoptando una postura que reflejaba todo mi hastío.

—Mira, Simón, me tiene sin cuidado lo que hagas con ella. Lo único que quiero que te quede claro es que perdiste todo derecho a cuestionarme.

El recuerdo de todo lo que había perdido por su culpa me pesaba como plomo en el estómago. No iba a permitir que siguieran manchando mi nombre con más mentiras.

Me giré hacia Fidel, y con una mirada de disculpa, me dispuse a marcharme. Pero antes de poder dar un paso, sentí el agarre brutal de Simón en mi brazo. Su rostro, que tantas mujeres consideraban atractivo, se había transformado en una máscara de furia apenas contenida.

—¡No se te olvide que sigues siendo mi esposa! —gruñó entre dientes.

El dolor en mi brazo solo alimentó mi rabia. Levanté la barbilla, enfrentándolo sin un ápice de miedo.

—¿Y eso qué? ¿Ser tu esposa te da derecho a andar abrazando a otras mientras que si a mí me ayudan a no caerme es un pecado?

Vi la confusión atravesar su rostro como una sombra. Abrió la boca, pero las palabras parecieron morir en sus labios. En lugar de responder, su agarre se intensificó.

Violeta, maestra en el arte del oportunismo, eligió ese momento para soltar un gemido lastimero.

—Simón... Me duele muchísimo el pie... ¿Y si me lo fracturé?

Capítulo 53 1

Capítulo 53 2

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