Las lágrimas brotaban incontrolables de mis ojos, rebelándose contra mi voluntad de mantener la compostura. Cada gota que resbalaba por mis mejillas era un recordatorio punzante de la impotencia que me consumía. El aire acondicionado del refugio acariciaba mi rostro húmedo, pero ni siquiera esa suave brisa lograba calmar la tormenta que rugía en mi interior.
Alcé la mirada hacia Alejandro, encontrando en sus ojos esa mezcla única de fortaleza y compasión que siempre me había cautivado.
—Alejandro, no tienes por qué disculparte —mi voz sonaba entrecortada pero firme—. Esto no es tu culpa. Hiciste exactamente lo que debías hacer.
¿Cómo podría culpar al hombre que había arriesgado su propia vida para salvarme? La culpa pesaba exclusivamente sobre mis hombros. Mi ingenuidad, mi falta de previsión ante las maquinaciones de Israel, mi captura... cada eslabón de esta cadena de eventos trágicos llevaba mi firma.
"Todo esto es mi culpa. Si tan solo hubiera sido más precavida, más astuta..."
Alejandro me observaba con esa penetrante mirada suya que parecía leer cada pensamiento, cada latido de mi corazón atormentado.
—Luz, tú tampoco tienes la culpa —su voz resonó con una autoridad nacida de años de experiencia—. No debes cargar con este peso. Si alguien merece ser señalado como responsable, es Israel. Su locura nos ha arrastrado a todos a este abismo.
Antes de que pudiera protestar, continuó:
—Y sobre Simón, escúchame bien: su herida, aunque seria, no compromete ningún órgano vital. Con atención médica adecuada, se recuperará. Además, puedo asegurarte que Israel no lo matará.
Sus palabras surgían de un análisis profundo de la situación, no de un simple deseo de consolarme.
—Israel orquestó todo esto: fingió su muerte y usó a Simón como su doble porque planea regresar triunfante como el heredero legítimo de los Ayala. Su estrategia es simple pero efectiva: pretende que Simón cargue con todos sus crímenes.
Mi respiración se entrecortó ante esta revelación.
—Para que su plan funcione, necesita mantener a Simón con vida. No solo eso, sino que debe asegurarse de su bienestar. El hecho de que concentrara sus fuerzas en perseguirnos a nosotros, dejando a Simón en segundo plano, confirma esta teoría.


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