Rafael había decidido mantenerse al margen desde que se enteró de mi compromiso con Alejandro. La noticia lo había sobrepasado de tal manera que optó por desaparecer, incapaz de procesar que su adorada hermana y su tío, las dos personas más importantes de su vida, hubieran decidido estar juntos. Su ausencia explicaba por qué no se había enterado de mi secuestro sino hasta que Alejandro requirió su ayuda para el rescate.
La desesperación lo consumió al descubrir lo sucedido. Sus manos temblaban sobre el volante mientras conducía a toda velocidad hacia donde me encontraba, con el corazón martilleando contra su pecho. La imagen de su tío sumido en aquella penumbra inquietante solo había intensificado su angustia.
Cuando por fin confirmó que yo estaba a salvo, el alivio lo golpeó con tal fuerza que sus piernas flaquearon. Sus músculos, tensos durante tanto tiempo, comenzaron a aflojarse poco a poco. Sin embargo, bastó un pensamiento para que la preocupación regresara a su rostro.
—¿Mi hermana...? ¿Está muy lastimada?
Era la única explicación que encontraba para el sombrío comportamiento de su tío.
—No.
La respuesta categórica de Alejandro le permitió respirar nuevamente.
—Entonces, ¿por qué estabas así, tío?
La postura abatida de Alejandro, como si cargara un peso insoportable sobre los hombros, lo había hecho temer lo peor respecto a mi seguridad. Sin embargo, su tío permaneció en silencio, contemplando la oscuridad a través de la ventana mientras encendía un cigarro tras otro.
Rafael jamás había visto a su tío en semejante estado.
—Tío, ¿qué sucede? —insistió, desconcertado.
El rescate había sido exitoso y yo estaba ilesa. ¿No debería estar celebrando?
El silencio se prolongó mientras Alejandro continuaba fumando, perdido en sus pensamientos. Cuando Rafael estaba a punto de ir a buscarme, la voz grave de su tío resonó en la habitación.

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