El reencuentro fue silencioso pero elocuente. Una mirada bastó para que los señores Ayala reconocieran en aquel rostro familiar al hijo que creían perdido. No era Simón quien estaba frente a ellos; era Israel, su primogénito, vivo y de pie en el umbral de su hogar.
Héctor Ayala, aquel hombre que había enfrentado las más violentas tormentas empresariales sin pestañear, sintió que el mundo se detenía bajo sus pies. Su máscara de control absoluto se resquebrajó ante la presencia de quien, desde pequeño, había sido el heredero perfecto de su imperio. La sorpresa inicial dio paso a una oleada de júbilo que apenas podía contener.
"Mi hijo está vivo", repetía su mente como un mantra embriagador. Con Simón al borde de la muerte, hundido en un coma del que quizás nunca despertaría, el regreso de Israel parecía un regalo del destino. La idea de apoyar a su hijo ilegítimo para que ocupara el lugar de Simón se desvanecía; ahora tenía una alternativa mejor, una que no requería sacrificios ni compromisos moralmente cuestionables.
Si la reacción de Héctor fue intensa, la de Jacinta rozó los límites de la locura. Su rostro reflejaba una amalgama de emociones tan profundas que resultaban perturbadoras. Sus manos temblaban y sus ojos brillaban con un destello febril mientras intentaba articular palabras que morían en su garganta.
Carla observaba la escena con una mezcla de fascinación y desconcierto. Mientras acariciaba su vientre, donde crecían sus propios gemelos, intentaba comprender cómo una madre podía albergar sentimientos tan dispares hacia dos hijos idénticos. La devoción desmedida de Jacinta hacia Israel le resultaba tan incomprensible como su frialdad hacia Simón.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cicatrices de un Amor Podrido