Las palabras de Israel atravesaron a Héctor como una descarga eléctrica, sacudiendo cada fibra de su ser. La verdad desnuda yacía ante sus ojos, tan clara como el día.
No era ingenuidad lo que había mantenido a Héctor al frente del imperio Ayala durante décadas, sino una aguda perspicacia que rozaba la precognición. Su instinto, afilado por años de negociaciones y decisiones cruciales, le gritaba que la historia de Israel sobre la pérdida de memoria y su repentino ascenso en una organización criminal era una elaborada mentira.
La realidad era mucho más sombría. En su mente resonaban las inconsistencias: Israel, su primogénito, no había arriesgado su vida por Simón. Desde el principio, aquel hijo calculador había estado tejiendo una red de engaños, preparando meticulosamente el terreno para que su hermano gemelo cargara con todas las culpas.
Héctor observó a Israel con una mezcla de resignación y desencanto. Sí, era su hijo, sangre de su sangre, pero jamás había logrado ganarse verdaderamente su afecto. La comparación con Simón era inevitable: donde Israel mostraba una máscara de obediencia y lealtad, Simón exhibía una genuina nobleza de espíritu. La falsedad de Israel siempre había sido perceptible para él, como una nota discordante en una sinfonía perfecta.
A pesar de que su propia trayectoria no estaba libre de manchas, Héctor siempre había antepuesto el prestigio centenario de la familia Ayala a cualquier tentación. Las líneas que se negaba a cruzar estaban claramente definidas, forjadas en el honor y la tradición. Israel, en cambio, parecía magnetizado por los límites de la legalidad, como una polilla atraída inexorablemente hacia la llama.
La idea de Simón como sucesor había sido un bálsamo para sus preocupaciones. Su hijo menor poseía un don natural para los negocios, una intuición que prometía elevar el legado Ayala a nuevas alturas. Pero ahora, con Simón postrado y su despertar pendiendo de un hilo, las opciones se reducían a una sola: proteger a Israel, a pesar de todo.
Así que, aun sabiendo que cada palabra de Israel destilaba veneno, que su supuesta amnesia era una farsa calculada para culpar a Simón, Héctor asintió, sellando un pacto tácito con el diablo.


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