—¿Y qué piensas hacer…? —preguntó Serena con una sonrisa traviesa—. Quiero divertirme, divertirme en serio.
—Yo que tú, mejor iría a la empresa a reportarme cuanto antes —le soltó Leandro, sin rodeos.
—¡No quiero! —protestó Serena con firmeza—. No pienso ir a la empresa, para nada es divertido.
—Además, ahí hay una persona que detesto y no quiero ver ni en sueños.
No hacía falta adivinar de quién hablaba.
Leandro no siguió la conversación por ese lado y le sugirió:
—Tú estudiaste diseño de modas, podrías ir al departamento de moda. Así ni siquiera tendrías que verla.
—Eso puede esperar —dijo Serena, sin ninguna intención de empezar a trabajar. Claramente, solo buscaba excusas.
Entonces se colgó del brazo de Leandro y le pidió, con voz mimada:
—Hermano, quédate a dormir conmigo esta noche, ¿sí?
—Deja de hacer berrinche y vete a dormir temprano —le reviró Leandro, dispuesto a irse.
—¿A dónde vas? —lo atajó Serena en la puerta—. No me digas que vas a dormir con esa mujer…
Leandro, con un dejo de fastidio en la voz, contestó:
—Somos esposos. ¿Quieres que durmamos en cuartos separados?
Serena se quedó con las palabras atoradas en la garganta, mirando a Leandro marcharse con ojos tristes.
...
Cuando Leandro terminó de bañarse y regresó a la habitación, Camila ya estaba acostada, aunque la luz seguía encendida.
Apagó la luz y se metió a la cama.
El movimiento despertó a Camila, que abrió los ojos desorientada.
La oscuridad la envolvió de inmediato. Por las noches, se sentía completamente a ciegas, incapaz de ver nada.
Sintió ganas de ir al baño y tanteó a su alrededor buscando el interruptor, pero sin querer tocó al hombre a su lado. Dio un respingo, apartando la mano de golpe.
¿Leandro?
¿En qué momento regresó? ¿No que iba a quedarse platicando con Serena toda la noche?
El interruptor estaba del lado de Leandro; para prender la luz, tendría que pasar por encima de él.
Mejor ni intentar, pensó.
No sentía que esa pregunta viniera de la preocupación. Más bien, parecía que lo había molestado al despertarlo.
—¿No puedes quedarte quieta ni una sola noche? —Leandro la regañó en tono seco, pero aun así se agachó para revisar su tobillo.
Camila se apartó con frialdad.
—No hace falta, ya se me va a pasar.
Volvió a levantarse, ahora cojeando hacia el baño.
—¿A dónde vas? —preguntó Leandro, aunque la respuesta era obvia.
—Al baño —contestó Camila, cortante.
A Leandro no le gustó nada su actitud y le gruñó:
—¿Y no puedes prender la luz si no ves?
Camila le devolvió el comentario sin filtro:
—Para prender la luz, primero tendría que encontrar el interruptor.
Leandro miró hacia la ventana. Las cortinas no estaban completamente cerradas y la luna iluminaba con fuerza esa noche.

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