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Cinco años sin amor: El día que decidí ser yo misma romance Capítulo 43

Las flores de este lugar estaban plantadas en diferentes canteros, y alrededor de cada uno había senderos táctiles. Unos cuantos niños jugaban por ahí.

Mientras ella pasaba, una niña estuvo a punto de caerse. Camila reaccionó de inmediato y la sostuvo del brazo.

—Cuidado.

La niña, que tendría unos siete u ocho años, se agarró de la mano de Camila y le agradeció con una sonrisa:

—Gracias, señorita.

—Tienes que tener más cuidado, ¿sí? —le dijo Camila con tono cariñoso.

La pequeña pareció notar que Camila no era una maestra del lugar y, curiosa, le preguntó:

—Señorita, ¿quién eres tú?

Un par de niñas un poco mayores se acercaron, también intrigadas por la presencia de Camila.

—Yo soy… —Camila lo pensó un momento antes de responder—: su compañera.

—¿Señorita, tú tampoco puedes ver? —La voz de la niña se volvió más suave, como si sintiera compasión por Camila.

Mirando a esas pequeñas que, a tan corta edad, ya vivían en la oscuridad, a Camila se le encogió el corazón. Sin embargo, no quería mentirles.

—Sí puedo ver —respondió.

—Entonces, ¿cómo es que eres nuestra compañera? —preguntó otra de las niñas, confundida.

Camila las tomó de la mano y se sentó junto a ellas.

—Porque quiero aprender braille igual que ustedes.

—¿Pero por qué quieres aprender braille si no eres ciega? —preguntaron, aún más intrigadas.

Camila sonrió con sinceridad.

—Quiero poder jugar con ustedes.

—Señorita, ¿puedo tocarte la cara? —pidió la niña, extendiendo su manita con cuidado.

Camila, sintiéndose honrada, tomó la mano de la pequeña y la guió hasta su mejilla.

—Claro, adelante.

Mientras la niña le acariciaba el rostro, murmuró con entusiasmo:

—Señorita, eres muy guapa.

Ese día, Camila había salido con un maquillaje sencillo y por fin se había arreglado el cabello, que llevaba tiempo sin cortar. En vez de su ropa de oficina de siempre, se puso una blusa de hombros descubiertos y unos jeans que resaltaban su figura.

Ya casi cumplía treinta. Si no se arreglaba ahora, ¿cuándo lo haría?

—Que nos separamos —explicó Camila, serena.

—¿Se murió? —preguntó otra, soltando la pregunta como si nada.

Camila estuvo a punto de reírse a carcajadas.

—¿Separarse es lo mismo que morir?

La niña asintió, muy seria.

—Es que si eres tan guapa, y tienes una voz tan linda, si no lo quieres tú, seguro es porque se murió.

Camila no pudo evitar darle la razón y le sonrió de lado.

—Bueno, algo así —respondió.

...

Pero no muy lejos de ellas, alguien las observaba con el ceño fruncido. Claramente no estaba de acuerdo con esa respuesta. Su expresión era tan sombría que parecía que una nube lo seguía a todas partes. Quiso acercarse a Camila para pedirle explicaciones, pero justo en ese momento, alguien más lo interrumpió.

—Leandro.

Valentina había estado buscándolo por todos lados y, finalmente, lo había encontrado.

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