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Cinco años sin amor: El día que decidí ser yo misma romance Capítulo 44

Al escuchar el bullicio, Camila no pudo evitar girarse. Para su mala suerte, sus ojos se cruzaron de lleno con la mirada profunda de Leandro.

Valentina se acercó a Leandro, con ese tono juguetón que a veces empleaba con él.

—Leandro, ¿qué haces aquí? —le preguntó, fingiendo molestia.

Notó que la atención de Leandro no estaba en ella, sino en algún punto más allá. Siguió su mirada y, entonces, vio a Camila.

Por un segundo dudó. No se atrevió a reconocerla de inmediato, porque ese día Camila lucía diferente.

¿Era posible que ahora se viera tan bien?

Recuperó la compostura y la miró con desconfianza.

—Camila, ¿tú qué haces aquí? —soltó, casi acusándola—. No me digas que nos viniste siguiendo.

—No tengo tiempo para andar siguiendo a nadie —respondió Camila, sin ocultar su fastidio. Jamás imaginó que el equipo de celebridades se tratara de ellos; de haberlo sabido, ni loca habría aceptado la invitación de Isabella.

Valentina no tragó la excusa tan fácil.

—¿Y entonces? ¿Qué andas haciendo en la escuela para personas ciegas? —insistió, levantando una ceja.

Antes de que pudiera contestar, Isabella llegó casi corriendo.

—Señorita Guevara, ¿cómo es que está aquí? —dijo, sorprendida.

—Isabella, solo salí a tomar un poco de aire —explicó Camila, y de inmediato agregó—: Dejé las cosas allá, ¿hay algo más en lo que pueda ayudar?

En ese momento, Isabella vio a Valentina. Sus ojos se iluminaron de alegría y corrió hacia ella.

—¡Señorita Gil, de verdad es usted! —exclamó, casi sin aliento—. El director me lo había dicho, pero ni yo me la creía. ¡Soy su fan! ¿Me daría, por favor, su autógrafo? —Se puso a buscar desesperada papel y pluma en su bolso, pero no halló nada.

Valentina, sintiéndose incómoda por Camila, le propuso a Isabella:

—¿Podemos ir a otro lugar a platicar?

—¡Claro, claro! —aceptó Isabella con entusiasmo, asintiendo varias veces.

Leandro, que parecía querer marcharse, se dio la vuelta. Valentina lo detuvo al instante.

—Leandro, ¿a dónde vas?

—Al baño —respondió en seco, y sin decir más, se fue.

—Vaya coincidencia, encontrarnos de nuevo por aquí, señor Ortiz.

—¿Coincidencia? —Leandro soltó una risa incrédula y, seguro de sí, dijo—: Me vas a decir que no sabías que yo venía, ¿verdad? Seguro que viniste solo para esperarme aquí.

Camila lo miró como si escuchara un disparate y arrugó el entrecejo. Parecía que él tenía una idea bastante inflada de sí mismo.

¿De verdad se creía tan irresistible como para que todos quisieran perseguirlo?

—¿Sabe tu papá que andas aquí? —le preguntó, buscando tocar fibra.

Por lo que había visto, ni Diego ni la prensa estaban enterados de la presencia de Valentina y Leandro en ese lugar. Solo venían con su equipo y unos cuantos escoltas, nada de reporteros.

El silencio de Leandro confirmó su sospecha.

Camila lo miró de reojo y añadió con sorna:

—Si ni tu papá sabe, ¿quién me iba a avisar que estarías aquí? ¿Acaso Manoel?

—¿Aparte de él, existe alguien más que esté enterado?

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