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Cinco años sin amor: El día que decidí ser yo misma romance Capítulo 47

Al ver que Camila no respondía, una chica delgada y bajita se adelantó con decisión.

—Yo puedo colgarlo.

—¿Tú crees que puedas? —Valentina la miró con escepticismo, dejando claro que no confiaba en ella.

Todo mundo entendía que ese comentario iba directo contra Camila.

Sin ganas de ver a nadie más metido en problemas por su culpa, Camila tomó el letrero de manos de la chica.

—Mejor déjenmelo a mí.

Subió a la escalera y trató de colocar la placa. Apenas empezó, la voz de Valentina volvió a oírse detrás de ella.

—Te está quedando chueco.

Camila corrigió rápido, pero enseguida vino otra indicación.

—Muévelo un poco a la izquierda.

—Ya te pasaste, ahora un poco hacia atrás.

—No, así no, está muy abajo, súbelo más.

—Ahora te pasaste de nuevo, bájalo tantito.

Camila hizo ajuste tras ajuste, pero al final, el letrero terminó justo donde había iniciado.

¿En serio Valentina estaba tan desesperada por molestarla que ya ni disimulaba?

—¿Qué te pasa? Ni siquiera puedes colgar un letrero bien —Valentina soltó, con cara de fastidio—. Mejor solo levántalo con la mano y yo te digo cómo se ve.

Otto, que había estado observando todo, no pudo evitar intervenir al notar lo injusta que estaba siendo Valentina.

—Señorita Gil, ya está bastante centrado.

—A mí me sigue pareciendo que está chueco —Valentina fingió observar con atención, caminó un par de pasos hacia adelante y otros hacia atrás, hasta que al final, con tono mandón, soltó—: Sube un poco más esa cosa.

El letrero pesaba lo suyo, y encima, Camila tenía heridas en el brazo que le dolían cada vez que hacía fuerza.

Sintiéndose incapaz de seguir, recogió el letrero y empezó a bajar de la escalera. En ese instante, la escalera se movió de pronto; perdió el equilibrio y cayó sin poder controlarse.

—¡Señorita Guevara! —gritó alguien; por el tono, le pareció la voz de Isabella.

—Señorita Guevara, ¿está bien?

—Estoy bien —respondió Camila, alejándose disimuladamente de Leandro. Ni pensarlo, no iba a darle las gracias; si no fuera por el encuentro con ellos, tampoco habría terminado a punto de caerse.

Definitivamente tenía que revisar el calendario cuando saliera de casa. Siempre que se cruzaba con ese par, solo le pasaban cosas malas.

—¿Usted es el señor Ortiz? —Otto miró a Leandro un buen rato antes de animarse a preguntar.

Leandro no dijo una palabra, solo se quedó ahí, con esa cara impenetrable que no cambiaba nunca. Excepto, claro, cuando estaba con Valentina.

Otto ya no tuvo dudas y exclamó, emocionado.

—¡Señor Ortiz! ¿Desde cuándo está aquí? ¿Por qué no me avisaron?

Valentina, viendo la oportunidad, dio un paso adelante y, con toda intención, empujó a Camila hacia un lado para colocarse junto a Leandro.

—El señor Ortiz vino conmigo. De hecho, vamos a asistir juntos a la subasta benéfica esta noche.

—Con que así es la cosa —Otto sonrió con picardía, y enseguida imaginó que había algo más entre ellos.

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