El Instituto Luz Interior funcionaba casi como una organización de beneficencia, así que mucha gente solidaria del pueblo lo elegía para hacer campañas de caridad y buena voluntad.
Valentina, por supuesto, también quería aprovechar para mejorar su imagen pública. Pero, más allá de eso, lo que en realidad buscaba era tener más oportunidades de aparecer junto a Leandro en eventos frente a todos.
Aunque en esta ocasión no se había llevado periodistas a la vista, le encargó a su asistente la tarea de grabar videos y tomar fotos discretamente.
Después, solo tendría que retocar un poco las imágenes y pedirle a alguien que las subiera a internet. El título podía ser cualquier cosa llamativa, de esas que atraen clics.
...
Igor fue el primero en ir por su comida. Sirvió su bandeja y buscó una mesa vacía. Estaba esperando a que llegara Camila, pero en vez de ella, quien se apareció primero fue Leandro.
Al notar que Leandro se preparaba para sentarse a su lado, Igor le hizo una seña rápida.
—Señor Ortiz, allá hay otro lugar libre.
Apenas terminó de advertirlo, dos niños ciegos ocuparon la mesa contigua en un abrir y cerrar de ojos.
—Bueno, ya no hay —comentó resignado.
Justo entonces, Camila apareció con su bandeja, y sin perder tiempo, Igor eligió sentarse en el asiento más alejado, dejando el lugar junto al pasillo para ella.
Leandro también tomó un lugar en el lado interior pensando, como siempre, que Camila se sentaría junto a él, ya que solía buscar su cercanía en cada oportunidad.
Pero para sorpresa de Leandro, ella pasó de largo y se sentó justo al lado de Igor.
...
—Leandro, ¿por qué no me esperaste? —La voz de Valentina irrumpió en ese momento—. Apenas volteé y ya no estabas.
A pesar de que Valentina no estaba nada contenta de tener que comer en ese lugar, por Leandro decidió tragarse el disgusto y ocupar el último asiento disponible.
La asistente de Valentina llegó con dos bandejas más: una para Valentina y otra para Leandro, y luego se retiró con discreción.
Así, la mesa quedó llena: cuatro asientos, cuatro personas.
Igor ya había averiguado quién era Leandro, pero eso no le preocupaba. Con mucha naturalidad, tomó unos camarones de su propio plato y los puso en el de Camila.
—Señorita Guevara, los camarones de hoy están fresquísimos. Cuando los trajeron en la mañana, todavía brincaban. Deberías probarlos.
—Gracias —respondió Camila con una sonrisa, y enseguida comenzó a pelar un camarón.
—No quiero —respondió Leandro, tajante y con un tono seco.
Sin darle importancia, Igor puso el camarón pelado en el plato de Camila y le preguntó como si nada:
—Señorita Guevara, ¿por qué decidiste tomarte unos días de descanso así de repente?
—Estaba agotada, necesitaba un respiro —respondió Camila.
Igor no se detuvo ahí y lanzó otra suposición en voz alta:
—Pensé que era por lo que pasó esa noche, que te habías asustado.
¿Esa noche?
Camila titubeó un momento, el tenedor detenido en el aire. No es que quisiera recordar lo que ocurrió, pero tampoco podía fingir que lo había olvidado.
A veces, lo que uno busca dejar atrás es mejor no mencionarlo.
Al escuchar eso, el recuerdo de la “muerte” de Leandro volvió a encenderse como una chispa dolorosa. Él la miró con una mezcla de emociones, la confusión reflejada en sus ojos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cinco años sin amor: El día que decidí ser yo misma