Grace, Recuerdo
—¿Acabas de decir “sueño”?
Parpadeé al mirar al hombre imponente que se cernía sobre mí y se me aceleró el pulso. Dios, era hermoso, como algo salido de mis fantasías. Asentí despacio, mientras una sonrisa me curvaba los labios.
—Sí, sueño. Eres el hombre de mis sueños. Aunque te confieso que no esperaba que fueras tan... grande. Estás buenísimo, no me malinterpretes, pero no creí que me gustaran los mayores. Por cierto, ¿todos los hombres mayores están tan buenos como tú? —dije sin pensar.
Me lamí los labios y se me fueron los ojos hacia su verga, gruesa y caliente, apretada contra mi clítoris. Se me cortó la respiración.
—Bueno, creo que ya terminé de jugar con niños y sus pititos. Quiero algo grande.
Arqueó una ceja; luego se le endureció la expresión y se pasó una mano por el cabello revuelto. Cerró los ojos un instante, gesto que con el tiempo aprendería a reconocer como concentración profunda o irritación. Cuando los abrió, estaban más oscuros. Estiró la mano y me abrió la boca con dedos firmes. ¿Eh? Me iba a besar. El pulso se me aceleró. Casi podía saborearlo ya. Pero en lugar de besarme... ¿me olió?
Espera. ¿Acaba de olerme? Abrí mucho los ojos. ¿Este sueño estaba a punto de convertirse en una fantasía sobrenatural? ¿Era un hombre lobo? ¿Yo era su compañera? ¿Me estaba revisando antes de marcarme? Hasta me recorrió un escalofrío de emoción. Pero entonces se echó hacia atrás y la repulsión de su mirada me cayó como una pedrada.
—Estás borracha —dijo.
Negué.
—No, no estoy borracha.
Me miró como si mis mentiras le rasparan el último nervio que le quedaba; algo se me apretó en el estómago, pero no me eché atrás.
—Bueno, está bien. ¿Y qué? —dije, encogiéndome de hombros, con una sonrisita astuta—. De todos modos esto es solo un sueño. No importa. Deberías cogerme ya.
—Estás en mi cama —dijo, con voz baja y peligrosa—, en lencería, y crees que esto es un sueño. Qué descarada.
Se echó hacia atrás, con la mirada dura.
—Voy a llamar a alguien para que te lleve de vuelta. Está claro que fue un error seguirte la corriente con esta tontería.
Se dio la vuelta, a punto de irse, pero ay, no. Eso no iba a pasar. Antes de poder contenerme, le rodeé la cintura con las piernas y lo atraje de nuevo hacia mí. Se detuvo, sorprendido. Aunque la corbata todavía me ataba las manos, logré moverme, girar sobre mí misma y hacerlo rodar; lo tomé por sorpresa hasta quedar yo encima.
Yo, encima de él. Carajo. Verlo debajo de mí, con las líneas duras de sus músculos y la intensidad de su mirada, era casi insoportable. Nunca en la vida había visto algo tan pecaminosamente sexy.
Me miró desde abajo, con la mandíbula tensa.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Reí y me incliné hasta quedar a centímetros de su cara.
—¿Tú qué crees? Te devuelvo el favor por ese orgasmo que me voló la cabeza.
Mis dedos bajaron por su pecho, por los relieves marcados de sus abdominales. Se me deslizó la mano más abajo, acercándose a la erección que esa maldita toalla apenas lograba esconder.
¿Cómo demonios seguía esa toalla en su lugar? Nunca había odiado tanto un pedazo de tela. Lo miré; parecía estar conteniéndose a duras penas.
—Quítate —gruñó, pero en lugar de hacerlo, moví las caderas y me apreté contra su verga. La sacudida de placer que me recorrió me hizo cerrar los ojos un instante. Si él sentía aunque fuera la mitad de lo que yo sentía, seguro se estaba muriendo de ganas.
—No eres nada divertido —susurré, restregándome contra él—. Eres como un viejo. Tal vez lo único que necesitas es a alguien más joven que te enseñe a vivir otra vez.
Me miró como si fuera la criatura más ridícula que había visto en su vida. Como si jamás nadie se hubiera atrevido a semejante necedad frente a él. Pero, sinceramente, me daba igual.
El poco sentido común que me quedaba se había esfumado hacía rato. Un solo pensamiento desesperado me martillaba la cabeza y el cuerpo. Necesitaba esa verga dentro de mí.
Mecí las caderas contra él, restregándome contra la dureza gruesa y palpitante que tenía debajo. Ya me había venido y todavía me recorrían espasmos por el cuerpo. La fricción era casi demasiado. Cerré los ojos mientras un gemido se me escapaba de los labios.
—Dios... se siente demasiado bien. Estás tan grande y tan duro.
Me incliné, con la boca rozándole la mandíbula y el aliento caliente contra su piel.


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