Grace
La puerta se abrió y di un salto.
—¡¿Qué pasó?! —gritó Eleanor, irrumpiendo como una tromba con una mancuerna en la mano, lista para usarla como arma. Wyatt venía detrás, con un delantal que decía “Soy el mejor esposo y padre del mundo” y empuñando una cuchara como si fuera una espada.
—¡¿Hay alguien aquí?! —exigió Eleanor con los ojos desorbitados—. ¡¿Tengo que matar a alguien?!
Parpadeé en la cama, todavía aferrada al celular como si fuera una bomba.
—¿Eleanor?
—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?! —ladró, con la adrenalina a flor de piel—. ¡¿Qué pasó?! ¿Fue otra vez ese idiota de tu ex? Te juro por Dios que...
—Creo que me quedé ciega —dije sin emoción.
Wyatt se acercó a mí.
—¿Te pasa algo en los ojos? ¿Te duele? ¡¿Tenemos que ir al hospital?!
Negué despacio, sin dejar de mirar el celular.
—No. Yo... vi que me enviaron dinero.
Eleanor y Wyatt se quedaron petrificados y luego se miraron. Eleanor ladeó la cabeza.
—Bueno... ¿y eso no es algo bueno?
Le entregué el celular sin decir nada.
—Dime qué número ves.
Lo tomó como si nada. Leyó apenas un segundo, abrió los ojos como platos, chilló y tiró el celular como si le quemara la mano.
—¡Puta madre! —gritó.
Wyatt se apresuró a recogerlo y casi se atragantó al leer la notificación.
—Eh... aquí dice diez millones de dólares.
—Diez millones —repitió Eleanor, todavía atónita—. ¿Quién carajos le manda diez millones de dólares a alguien? ¿Qué eres, una princesa secreta? ¿Una mantenida de un multimillonario? ¿Una... espera… —Entrecerró los ojos—. No me digas que te acostaste con un multimillonario o algo así.
Dejé escapar un quejido y me desplomé de espaldas sobre la cama.
—Aaaaah. Por favor, mátame. Eleanor, mátame. Acaba conmigo. Me lo merezco.
Eleanor abrió la boca de par en par.
—No puede ser. No me digas, Grace, ¿anoche te metiste con alguien? ¡¿Por eso amaneciste hecha un desastre?!
Wyatt negó, incómodo.
—Ya, Eleanor. No digas esas cosas. Grace no es de las que...
Se detuvo. Los dos nos miramos y me puse roja hasta las orejas.
—¿Grace? —preguntó, pero ya estaba horrorizado.
—Ay, Dios mío —susurró Eleanor, entre fascinada y escandalizada—. Sí.
Hundí la cara en la almohada.
—Estaba borracha. Pensé que era un sueño. ¡Y no llegamos hasta el final!
—Mierda, mierda. Bueno, pero a ver, ¿hasta dónde llegaron tú y este tipo? —preguntó Eleanor.
La miré, horrorizada.
—¿Y bien?
Aparté la mirada, con las mejillas ardiendo.
—Nosotros... él... yo...
Eleanor me agarró por los hombros.
—¡Ya dilo, mujer! No son adivinanzas, ¡usa oraciones completas!
Me cubrí la cara con las manos y murmuré:

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