Grace
La ducha me supo a gloria. No me había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que sentí el agua caliente en la piel. Cuando por fin salí, envuelta en una toalla, me sentí mejor.
Limpié el vaho del espejo, me miré y sonreí apenas. Me veía igual que por la mañana; casi todos los chupetones se habían desvanecido y solo quedaban unos cuantos, muy tenues.
Al entrar al cuarto, se me fueron los ojos a la ropa que estaba sobre la cama, una sudadera gris y suave, y unos shorts negros ajustados.
Los levanté. Olían ligeramente al carísimo jabón de jazmín de Eleanor y al suavizante de lavanda.
Solté la toalla y estaba por ponérmelos cuando me detuve, con la cara ardiendo por el recuerdo vívido de aquel hombre comiéndomela.
Me mordí el labio inferior con fuerza y apreté la sudadera contra el pecho. Un calor vergonzoso se me concentró ahí abajo. Nunca había sentido algo así.
Charles jamás me había hecho sexo oral. Decía que era antihigiénico e inmoral, que solo los hombres desesperados hacían cosas así. Pero aquel hombre no tenía nada de desesperado. Más bien, era astuto y observador. Me miraba como si yo fuera un pecado al que no podía resistirse. Y cuando su boca me tocó, me devoró, sin importarle lo sucio ni lo impropio que fuera. Era como si yo fuera el plato principal y él llevara días sin comer.
Dios. Cerré los ojos con fuerza y apreté las piernas, sacudiendo la cabeza.
—Basta —murmuré para mí—. Bas-ta.
Desde que recordé lo de anoche, el cuerpo volvió a pedírmelo. Una parte de mí, con una curiosidad vergonzosa, no dejaba de preguntarse cómo habría sido si él no se hubiera detenido y hubiera llegado hasta el final.
Gemí y hundí la cara en la sudadera un instante.
—Ay, ya estoy pensando estupideces otra vez. Estupideces sucias, sucias.
Me vestí rápido, me recogí el cabello en una coleta improvisada y respiré hondo varias veces para calmarme antes de abrir la puerta y salir al pasillo.
Seguí el olor a comida por el pasillo hasta la cocina, donde Eleanor y Wyatt ponían la mesa. Eleanor se volvió hacia mí con una espátula en la mano y me guiñó un ojo.
—Te ves bien. Cómoda, pero sexy.
—Gra...
—¡Tía Grace! —chillaron dos vocecitas agudas mientras se lanzaban contra mis piernas. Lucas y Liana me rodearon con sus bracitos y se rieron mientras hundían la cara en mis muslos.
Me reí y me incliné para abrazarlos bien.
—¡Guau! Ustedes dos crecieron en una sola noche. ¿No tenían siete años?
—Ja, ¿qué esperabas, tía? —dijo Liana, con las manitas en la cintura y el mentón en alto como una reina en su trono—. Mami es muy alta. Soy como mi mamá.
Sonreí.
—¿En serio?
—Hasta soy más alta que Lucas —añadió con orgullo.
Lucas hizo un puchero adorable.
—Eres más alta que yo.
Liana le sacó la lengua.
—Exacto. Lo soy, sirviente enano. Ahora inclínate ante tu reina.
—Liana —dijo Eleanor con esa voz de mamá que mezclaba advertencia y cariño—, no molestes a tu hermano.
—No lo molesto, mami —dijo Liana rápido, echándole un brazo sobre los hombritos a Lucas—. Solo estoy jugando con él... ¿verdad, Lucas? —Se le acercó y le susurró algo—. Te dejo jugar con mi Barbie si dices que sí.
Lucas asintió enseguida.
—No me está molestando, mamá.
Me reí al verlos. Liana se parecía muchísimo a su mamá; las dos eran listas, seguras y descaradas, sin filtro. Y Lucas era un niño muy dulce, igualito a Wyatt.
Me arrodillé y los abracé a los dos.
—Los extrañé muchísimo.
Liana sonrió.
—¡Mami y papi dijeron que ahora te vas a quedar con nosotros! Estoy muy feliz.
Lucas se sonrojó y se asomó tímidamente.
—Y-yo también. Vamos a pasar más tiempo juntos.
Me reí.
—Sí, así es.
—Bueno, bueno —interrumpió Eleanor con una sonrisita pícara—. Dejen de acaparar a su tía y déjenla comer tranquila. Vayan a jugar a su cuarto un rato.
—¡Sí, mamá! —Corearon y salieron disparados, riéndose por el pasillo.
Me levanté y caminé hacia la mesa, donde Wyatt acababa de poner el último platillo.
Me detuve. Había tantísima comida. Arroz con mantequilla, verduras a la parrilla, carne que parecía tierna, panecillos suaves y unas papas asadas con hierbas. Se me hizo agua la boca.
No estaba presentada como las comidas en casa de mis padres. Nada de cubiertos perfectamente alineados, nada de sirvientas con guantes blancos vigilando cada bocado. Era solo una comida sencilla, casera.

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