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Compláceme, Papi romance Capítulo 20

Grace

Si alguien me dijera que el Diablo no existe, lo miraría fijo a los ojos y le diría la verdad. Sí existe. Y tuve la pésima idea de cruzarme en su camino.

Apollo Reed estaba de pie frente a mí, tan cerca que me robaba el aliento. Tan solo su presencia bastaba para quitarme el aire. Su mirada no se detenía en mí; me atravesaba, como si pudiera ver todo lo que nadie más había visto. Todo lo que había enterrado. Las partes de mí que no le permitía tocar a nadie.

Su mirada bajó despacio, perezosa, de mi cara a cada rincón de mi cuerpo.

Sentí que me desnudaba con solo mirarme, que me desarmaba capa por capa. Cuando volvió a mirarme a los ojos, habría jurado que algo destellaba en su expresión.

¿Diversión? ¿Satisfacción? ¿O era mi cerebro tratando de protegerme, empeñado en hacerme creer que todo eso era una pesadilla absurda?

—Mmm —dijo en voz baja, casi aburrido—. Te tomas tu tiempo antes de hablar. ¿Debo tomarlo como una confesión de tus crímenes?

Abrí los ojos de golpe.

—¡N-no!

No quise gritar. Me salió. Arqueó apenas una ceja ante mi arrebato. Esa curva apenas insinuada en sus labios me encendió la cara de vergüenza. Me tapé la boca con la mano.

—No quise gritar, señor —murmuré entre los dedos.

Se reclinó, como si aquello no fuera más que una pausa medianamente entretenida en su día.

—Entonces dime. ¿Qué haces en mi oficina, husmeando y tocando cosas que no te pertenecen?

Tragué saliva; me temblaban las manos.

—S-soy Grace —dije de prisa; las palabras se me escaparon solas mientras bajaba un poco la cabeza—. Soy una de las empleadas nuevas de relaciones públicas. Me pidieron traerle algo.

Señalé la carpeta que estaba sobre el escritorio. El corazón me latía tan fuerte que me retumbaba en los oídos.

Dios, qué desastre. De todas las personas en ese edificio enorme que podían entrar a su oficina sin avisar, ¿por qué yo? ¿Por qué tenía que ser la única que se moría por no volver a verlo jamás?

Él seguía sin decir nada. Volví a alzar la mirada hacia él, pero esta vez no me miraba a la cara.

¿Eh? Seguí su mirada y casi me muero ahí mismo.

El suéter se me había abierto un poco y dejaba ver debajo una franja de lencería negra. No era solo insinuante; era descarado. Mis pechos quedaban enmarcados como si estuvieran en exhibición. ¿Pero de verdad me estaba mirando ahí?

Negué. ¿En qué estaba pensando? Era imposible que alguien como él me mirara así.

—S-solo vine a entregar los archivos de parte del señor Aiden —dije, acercándome poco a poco al escritorio y señalando la carpeta, desesperada—. Eso es todo. No estaba robando ni nada.

Él ni se inmutó. Quería que el piso se abriera bajo mis pies y me tragara entera.

—Es que vi un libro en su repisa y lo reconocí —seguí, con las palabras saliéndome más rápido de lo que mi cerebro podía procesarlas—. ¡Ni siquiera pensaba leerlo ni abrirlo! Solo quería tocarlo, al menos una vez. M-mire alrededor de la oficina, señor. Hay muchas cosas caras en esta oficina. Si fuera a robar algo, ¿cree que me llevaría un libro?

Era una defensa pésima, pero la única que tenía.

—Debiste haber investigado mejor —dijo con dureza.

—¿Q-qué?

Dio un paso hacia mí, y yo retrocedí por instinto. Gran error. Las rodillas me golpearon por detrás contra el borde de la repisa y me quedé paralizada. Volvió a alzarse sobre mí, imponente. No tenía adónde huir. Ni siquiera podía respirar.

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