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Compláceme, Papi romance Capítulo 21

Grace

—Ponte de rodillas —dijo en voz baja y firme, sin dejarme margen para rebelarme.

Me quedé paralizada mientras esas palabras retumbaban en toda la oficina.

¿En serio acababa de decir eso? Lo miré a la cara, buscando una sonrisa burlona, una grieta en su expresión fría, cualquier cosa que demostrara que esto era una broma retorcida. Pero nada, ni siquiera un asomo de diversión.

Y entonces me hice otra pregunta. ¿Un hombre como él siquiera sabría bromear?

Parecía de los que mandaban cortar cabezas por reírse en el momento equivocado, no de los que bromeaban.

Me humedecí los labios, intentando disimular el calor que me subía por la espalda.

—Ja... Creo que escuché mal. El miedo me está jugando una mala pasada.

Levanté la mano para acomodarme un mechón detrás de la oreja y olvidé que llevaba puesta la peluca. Me detuve. Dios, que no se me resbalara y dejara ver quién era yo en realidad. Eso sería mi fin.

Ladeó un poco la cabeza, como un depredador que observa a su presa intentar escapar.

—Señorita... —Bajó la mirada un instante hacia mi pecho—. Grace.

Mi nombre sonaba peligroso en su boca, como si ya no me perteneciera.

—¿Sí, señor? —Alcancé a decir.

—¿Te parece que tengo tiempo para juegos? —preguntó en voz baja.

No necesitaba alzarla; había algo en su manera de mirarme que me hacía un nudo en la boca del estómago. Como si hubiera hecho algo malo con solo respirar. Tal vez era la diferencia de edad, o tal vez era solo él.

—O... —Se inclinó apenas hacia mí, con la mirada clavada en mí—. ¿Prefieres ver cómo soy cuando me pongo serio?

Negué, con el corazón descontrolado.

—Entonces pórtate bien y haz lo que te pedí.

Su tono me erizó la piel. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera detenerlo. Sentí una punzada de calor tan familiar que me dio vergüenza. Desde esa noche, no había dejado de pensar en sus manos, en cómo me había tocado como si ya supiera todo lo que yo intentaba esconder. Como si pudiera leer mi cuerpo mejor que yo misma.

—Sí, señor —se me escapó, apenas en un murmullo.

Esto es ridículo. Es una locura. Entonces, ¿por qué... por qué estaba caminando hacia él? ¿Por qué no podía apartar la mirada?

Estaba sentado, con las piernas apenas separadas, mirándome con esos ojos color avellana que me tenían cautiva. Me detuve a un paso de él y, despacio, como arrastrada por algo ajeno a mí, caí de rodillas.

Esto parecía sacado de una de esas películas que solía ver a solas. En esas películas, la mujer estaría de rodillas, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada, mientras el hombre absurdamente atractivo la miraba desde arriba como si le perteneciera.

Solo que esto no era una película. Esto era real. Y la mujer arrodillada en ese momento era yo.

Solo cuando mis rodillas tocaron la alfombra, la realidad me cayó encima. Bajé la mirada al suelo, demasiado asustada para levantarla siquiera, y mucho menos hacia él. Y desde luego no hacia sus pantalones.

Dios. Ahí sí que menos.

El calor se me enroscó en el fondo del vientre. Ni siquiera entendía qué estaba pasando. ¿Por qué le había obedecido? ¿Por qué me había dejado caer así, como una mascotita obediente?

Tragué saliva. Es decir, solo a una mascota se le ordena ponerse de rodillas. ¿Y quién hace eso? ¿Quién se deja caer de rodillas cuando se lo ordenan? Apenas tuve tiempo de regañarme antes de sentir cómo sus dedos me levantaban el mentón.

Se me cortó la respiración y levanté la vista. No apartaba la vista de mí, como si tratara de descifrar algo. Sus ojos color avellana se veían más oscuros y, por un momento, se me olvidó respirar.

Intenté mirar a cualquier otro lado, pero me traicioné sola. Bajé la mirada hasta el bulto que presionaba contra la tela cara de sus pantalones.

Era enorme.

Los labios se me entreabrieron y algo dentro de mí palpitó. No debería estar pensando esto. No debería estar imaginando cómo podría entrarme algo así, ni cómo se sentiría dentro de mí.

—Ah, parece que me volví loco —masculló, casi para sí mismo.

Volví a levantar la vista. Se pasó la mano por el cabello negro, con los ojos cerrados. Y con eso, se me deshizo cualquier pensamiento coherente.

Quería tocarlo. Quería saber qué se sentiría si él volvía a tocarme.

—¿Se-señor? —susurré, odiando que la voz me saliera tan entrecortada.

Abrió los ojos y los clavó en los míos mientras se inclinaba más.

—¿Nos conocemos de algún lado?

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