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Compláceme, Papi romance Capítulo 219

Apollo

El sonido de la puerta al abrirse resonó por toda la casa vacía; podía escuchar el chirrido agudo de las bisagras metálicas. No me moví ni un centímetro cuando los pasos se detuvieron justo afuera de la estancia.

Un segundo después, la puerta se abrió. El hombre que estaba en la entrada extendió la mano hacia la pared y accionó el interruptor. La luz blanca inundó el lugar en un instante. En cuanto se encendió la luz, se quedó paralizado.

Estaba sentado en la silla, en el centro de la estancia, con las piernas cruzadas y recostado con despreocupación, como si esperara una reunión programada. Tenía las manos apoyadas en los reposabrazos y la postura relajada, pero lo miraba fijamente, con frialdad sombría.

Se sobresaltó en cuanto nuestras miradas se encontraron. Apretó los dedos alrededor de la perilla, como si estuviera debatiéndose entre cerrar de un portazo y salir corriendo o quedarse.

Estuvo a punto de hacerlo.

—Sabes, no deberías molestarte en hacer eso.

Se le tensaron los hombros.

—No importa adónde huyas ni dónde te escondas, te encontraré —continué, bajando un poco la voz mientras me inclinaba hacia delante—. Y esta noche no estoy de humor para jugar a las escondidas contigo.

—Porque ahora mismo apenas puedo controlar mi ira. —Descrucé las piernas despacio y apoyé los codos en las rodillas sin apartar la mirada de él—. Si cometes cualquier error, no dudaré en deshacerme de ti. Me conoces lo suficiente para saber que, cuando digo algo, hablo en serio.

—¿Verdad, Austin? —concluí tras una breve pausa.

La mano con la que aún sujetaba la perilla le temblaba.

Por un momento se quedó ahí, medio de espaldas a mí, como si analizara sus opciones, pero luego exhaló despacio y dejó que la puerta se cerrara detrás de él. Se volvió para mirarme de frente y se obligó a adoptar una actitud serena, aunque la tensión de su mandíbula lo delataba.

—Señor Reed. —Hizo una reverencia.

—Esperaba que tarde o temprano viniera aquí —admitió, midiendo sus palabras—. Pero no esperaba que llegara tan pronto. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Le pido disculpas. Debí haber sido más cauteloso.

No dije nada. Solo lo observé.

—Todo este tiempo pensé que no significaba nada para usted. —Tras unos segundos de silencio, sonrió apenas, sin que la sonrisa se reflejara en sus ojos—. Pero supongo que algo debo de haber significado, porque, de haber sido cualquier otra persona, la habría matado en cuanto se enteró.

La mandíbula me dio un tirón al escuchar sus palabras y volví a sentir aquel impulso de violencia que tanto me costaba contener.

—Tienes razón —dije—. Significas algo para mí.

Su expresión cambió un poco al escucharlo.

—Me cuidaste cuando era pequeño, estuviste a mi lado cuando creí haberlo perdido todo. Intentaste ayudarme a convertirme en alguien más fuerte. Por esas razones sigues respirando. Pero mi bondad siempre tiene un límite —añadí mientras me levantaba despacio de la silla. El roce de las patas contra el piso de concreto resonó con aspereza en medio del silencio—. Y aunque signifiques algo para mí, si cruzas un límite que jamás deberías cruzar, no dudaré.

Di un paso hacia él.

—Eso es exactamente lo que acabas de hacer.

A Austin le temblaron un poco los dedos a los costados, pero no me interrumpió.

Me acerqué más y deslicé las manos en los bolsillos con despreocupación. Mantuve la expresión serena, aunque la tormenta que rugía en mi interior era violenta y apenas podía contenerla.

—Sé que me traicionaste —dije con voz inexpresiva—. Todavía no sé por qué. No sé qué te prometieron ni con qué te amenazaron. Pero sé que trabajas con la asesina.

Su silencio fue respuesta suficiente.

—Al principio no podía creerlo. No quería creerlo. No soy sentimental. No me aferro a los vínculos afectivos. Pero esta vez no quería aceptar que fueras capaz de llegar tan lejos. Que ayudaras a alguien que asesina a personas inocentes.

Di otro paso hacia él hasta que solo nos separó una corta distancia.

—Puede que sea frío, pero jamás he lastimado a personas inocentes por placer o para beneficiarme. Construí todo lo que tengo sin derramar sangre innecesariamente. Pero tú ayudaste a alguien a hacerles daño a inocentes. Dime, Austin, ¿en qué eres diferente a los monstruos que ambos despreciamos?

Apenas terminé de hablar, Austin palideció y retrocedió un paso tambaleante. Lo negó casi con desesperación, y la voz se le quebró al decir:

—N-no tenía otra opción. Créame, no tenía otra opción.

Di un último paso hacia él hasta que no quedó espacio entre los dos y ya no tuvo adónde retroceder. Ahora podía ver el miedo en sus ojos y, por primera vez desde que había entrado en aquel lugar, le permití ver que en los míos había algo mucho peor que ira.

—Todos tienen opciones, y ahora mismo no me importa cuáles eran las tuyas. Vine aquí por una sola cosa, y más te vale responderme si quieres tener la opción de seguir respirando. —Me incliné un poco más hacia él, con la mirada clavada en la suya.

Apreté la mandíbula.

—¿Dónde está mi mujer? —exigí—. ¿Dónde está Grace?

Años atrás, cuando las primeras piezas de aquel retorcido rompecabezas comenzaron a encajar, descubrí algo que había deseado con desesperación que no fuera cierto. Austin había sido uno de los autores intelectuales que operaban entre bastidores. Estaba ayudando a la asesina. Al principio me negué a creerlo. No confío en mucha gente en este mundo, pero Austin era diferente. Era la única persona en quien había confiado sin reservas.

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