Apollo
Me quedé mirando a la mujer. Tenía una sonrisa nerviosa que no le llegaba a los ojos. Ahí estaba, mirándome de frente, como si no acabara de hacerme la propuesta más absurda que había oído en una década.
¿Llevarme a mí?
Entrecerré los ojos y apreté la mandíbula.
¿Se daba cuenta de lo que estaba diciendo? Nadie se ofrecía jamás a llevarme, ni mis socios, ni mis amigos, ni siquiera mi padre. Y ese hombre ofrecía cualquier cosa con tal de manipularme.
Porque todos lo sabían. Apollo Reed no maneja. Y nadie lo lleva más que Austin.
Desde que mi esposa murió en un accidente de auto, no volví a ser el mismo. Por más que lo intentara, no podía arrancar un auto, mucho menos manejarlo. Por eso tenía un cuarto y un baño acondicionados en mi oficina, para no tener que salir en auto.
Los médicos lo llamaron trauma. Decían que era psicológico. Que lo tenía enterrado muy hondo, pero que nunca había sanado. Que mi incapacidad de sentarme al volante, o incluso de dejar que otro me llevara, era la forma que tenía mi cuerpo de reaccionar a la pérdida.
Puras estupideces.
Sí, estaba roto. Sí, me había encerrado en mí mismo por más de un año. Sí, había pasado noches enteras matándome a trabajar para olvidarlo todo y enterrarme en el trabajo.
¿Pero trauma? Qué manera tan absurda de ponerle nombre a algo que no podían arreglar.
Austin era la única persona que me llevaba. Hasta él tardó meses en aprender a seguirme el ritmo. Era de esos que saben cuándo hablar y cuándo callar. Por eso era la persona más importante para mí en el trabajo. Era irremplazable.
Y ahora esta mujer se ofrecía a llevarme. Chase se adelantó en cuanto notó la tensión en el aire.
—Señorita... el señor Reed no deja que nadie lo lleve.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Por qué? ¿Y por qué no maneja él mismo, entonces?
Chase abrió la boca y volvió a cerrarla, incapaz de responder. Parecía no poder creer que ella hablara de mí con tanta indiferencia.
Se humedeció los labios, nerviosa, y no se me escapó que miró un segundo hacia mí, como si quisiera tantear el terreno antes de lanzarse.
—Es que... soy muy buena al volante, señor. En mi examen de manejo, el instructor dijo que era la mejor alumna que había visto en años. Y como su empleada —añadió sin pena—, pensé que debía ofrecerle mi ayuda. A lo mejor así es un poco más considerado con lo que pasó hoy. Así verá lo dedicada que soy en realidad.
La maldita mujer me lo vendía como un favor, como una empleada cumplida que ofrecía su ayuda, pero por debajo había un trato.
Llevarme a la reunión y, a cambio, fingir que los últimos veinte minutos nunca pasaron. Atrevida. Muy atrevida. La estudié.
Con ese suéter holgado, esos lentes ridículos y el leve temblor en los dedos, seguro me creía un tonto. Qué divertido.
Hacía mucho que nadie lograba despertar en mí ni un asomo de interés. No tenía idea de con qué clase de hombre estaba tratando. Apenas esbocé una sonrisa.
—No, no es eso. La gente no... —empezó Chase, pero lo interrumpí.
—Déjala que me lleve.
Chase volteó la cabeza hacia mí.
—¿Qué?
Caminé hacia ella.
—Voy a permitirlo, pero si no maneja a la perfección, si cualquier cosa por mínima que sea sale mal en el camino, lo pagará.
Le levanté el mentón con un dedo y clavé la mirada en el leve movimiento de su garganta al tragar saliva.
—Y créame, yo mismo me encargaré de aplicarle el castigo.
Ella no dijo nada, pero el leve temblor que la recorrió al escuchar la palabra castigo lo dijo todo. Di un paso atrás.
—Salimos en tres minutos. Prepárese.
—Sí, señor —dijo, y salió deprisa hacia la puerta.
Yo me volví hacia las ventanas. La ciudad se extendía a mis pies.
—Chase —dije.
—¿Sí, señor?
—Haz que los mejores médicos del país, no, del mundo, vuelen hasta aquí para atender a Austin. Quiero que lo traten, que lo estabilicen y que le den la mejor atención posible. No escatimes en gastos. Y asegúrate de estar ahí para supervisarlo todo e informarme directamente.

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